
Por: Delmar Penka
I
El sueño, además de la muerte, es un hecho cotidiano e inevitable al ser parte de nuestra condición humana, como también lo es para otras especies. Es una manifestación inherente a nuestro ser. Nacemos en este mundo con la pequeña partícula que detona todas las formas posibles del sueño. Me resulta difícil creer en la existencia de alguna persona desposeída de esta virtud.
Ninguna persona puede soñar lo mismo que otra, cada sueño tiene su propia morfología. Esa esa la razón del por qué nadie, con excepción de la persona que sueña, puede recrear y contar los mundos que aparecen mientras duerme. Esta premisa me hizo pensar en mi propia condición. Hace unas mañanas comencé a escribir los sueños que al despertar alcanzaba a recordar. Lo hice para saber si este tiempo de confinamiento había alterado mi forma de experimentar el sueño, pues dejé de visitar lugares y de frecuentar a las personas con las que solía platicar acerca de las cosas cotidianas. Supuse que la ausencia y el encierro condicionaban la aparición de los mundos y tiempos que soñaba.
Efectivamente, mis últimos sueños eran sin conversaciones, no había mucha gente en los escenarios donde recorría. Todo me parecía en silencio, caminaba sin tener idea de hacia dónde debía conducirme. En ocasiones llegué a pensar que se trataba de una pesadilla, pero luego comprendí que era un reflejo del mundo “real”. También tuve sueños que referían a tiempos muy pasados pero que los sentí muy cercanos. Uno de ellos fue la rutina en mis tiempos universitarios cuando mis amigos y yo íbamos al depósito de don Peter, cada viernes después de clases, para tomarnos unas cervezas y platicar sobre las clases, las angustias, el amorío… jamás faltaban los temas. Pero todo parecía diferente, no alcanzaba a reconocerlos. Es como si con los sueños pudiéramos, incluso, recrear los propios cambios que los espacios experimentan con el paso de nuestros años. Supongo que una parte de mi alma permanece allí, que anhela el tiempo que ya fue.

II
Los sueños no deben minimizarse, siempre tienen algo que revelarnos. Lo pienso al saber que los grandes mitos fundacionales de la humanidad se manifestaron a través de los sueños. Es como si el sueño preexistiera a todo lo que hoy podemos ver y nombrar, incluso lo que escapa de nuestra imaginación. En el Popol Vuh se afirma que la creación del mundo fue soñada por los ajawetik (seres sagrados). Ellos vieron que había un completo silencio en el universo y se preguntaron qué podían hacer para revertir esa situación. Entonces, soñaron que podían crear seres humanos en un planeta al que llamarían Tierra, donde se produjeran todos los sonidos posibles. De ese modo fuimos creados, inventados por los sueños. Al ser descendientes de los primeros seres soñantes nos fue transferida esa misma capacidad, que es también una forma de fundar nuestras propias quimeras, anhelos y temores.
En el pueblo tseltal de mis abuelos, tanto maternos y paternos, se tiene la creencia de que los humanos tenemos la virtud del waychinel, en términos literales se traduce “cuando el cerebro se duerme”, en otras palabras, de soñar. Mediante éste podemos descubrir cosas que refieren a nosotros: nuestros miedos, preocupaciones, disgustos y alegrías. Se piensa que se pueden presagiar sucesos individuales como colectivos, pueden ser buenos o malos, depende siempre de la forma en que se interprete.
Cuando alguien al despertar siente una profunda angustia o el cuerpo frágil, existe la costumbre de preguntarle al nail, el sabio del pueblo, el significado de lo soñado. Esta persona tiene el don de entrar en la mente de las personas con el solo hecho de sentir el pulso. El nail toma la mano de la persona inquieta, siente sus palpitaciones, cierra los ojos y comienza la introspección. De esa manera identifica los significados del sueño, los mensajes contenidos en él. Una vez interpretado el contenido, puede llegar a romper el mal augurio y también materializar lo soñado cuando refiere a buenos acontecimientos. Aconseja a la persona, le recomienda qué hacer. De esa manera se cumple el ritual.
Como también ocurre con los curanderos, las parteras, los hueseros y músicos en varias culturas indígenas del mundo, el don del nail es transferido mediante los sueños. Los ajawetik eligen a las personas por tener almas valientes y nobles, incluso sólo a las que poseen un nagual fuerte, para darles a ellas el poder de entrar en los sueños de otros; de poder sanar, aconsejar y guiar. De ese modo, a través de una experiencia onírica se constituyen en los grandes sabios y sanadores del pueblo.

III
El sueño y el cerebro, entidades substancialmente inseparables, son tan complejos tanto que la neurociencia (particularmente la onirología: el estudio científico de los sueños) únicamente puede afirmar que el sueño, así como la formación de las experiencias oníricas, es posible mediante pequeñas pulsiones que viajan por los axiomas, tanto en el tálamo como en la corteza prefrontal, que pueden ser vistas en los electroencefalogramas, en forma de ondas. Sin embargo, poco se puede decir de la condición metafísica y alquímica que lo compone, pues el sueño puede trasladarnos a espacios del pasado, del futuro, incluso hacia otros mundos donde habitan los seres que han trascendido el plano de la existencia terrenal. Este es el esplendor quimérico del sueño. Hasta ahora ninguna ciencia ha logrado explicar la relación entre el ser, el sueño, el alma y todas las formas del lenguaje que escapan de la lógica. El sueño en sí mismo es inaprensible, es parte de su condición de existir. El cerebro lo asimila, lo experimenta como algo muy real. Por esa razón, al despertar, nos quedamos con sensaciones muy presentes, incluso con ciertas marcas en el cuerpo como si el dolor o el abrazo experimentado hubiera sucedido.
IV
Me gusta imaginar que una de las formas que tenemos de vencer el tiempo y el espacio es con el hecho de soñar. Mediante el sueño podemos acceder a mundos que pertenecen a otro orden, que dislocan la lógica de la vida. Me sucede muy a menudo, porque suelo tener conversaciones con personas que son de diferentes siglos. En ocasiones visito a mi bisabuela Venancia, a pesar de que ella falleció hace algunos años, platicamos sobre cosas del presente. Me pregunta por su casa, su milpa y sus perros. Otras veces yo la visito en un lugar que no recuerdo haber visto antes, los paisajes me parecen tan extraños: los cerros de color púrpura, las aves con plumajes fosforescentes y el cielo con grietas donde caen pedacitos de luz. Caminamos sin tener prisa, mientras ella me habla de su infancia. Entonces despierto y siento que es a través de los sueños que he conocido algunas facetas de su vida.
Lo mismo sucede cuando sueño con personas con las que tuve conversaciones inconclusas y encuentros que jamás se dieron. Es como si, a partir de nuestra capacidad onírica, pudiéramos cerrar ciclos, darles un final. Pero creo también que, los sueños mantienen la puerta abierta de aquello que no dejamos ir: nombres, personas, promesas, viajes, cosas. Todo lo que se ancla en las profundidades de nuestro ser.
De esta misma manera, pienso que el sueño es una puerta que conecta con todos los tiempos. Y es que los viajes hacia al pasado o al futuro, para conocer los terrenos posibles, son búsquedas constantes que nos inquietan. No por nada esa fascinación o intriga ha provocado la creación de un sinfín de películas y series que hablan acerca de esa posibilidad: La máquina del tiempo, Efecto mariposa, Volver al futuro, Bienvenidos al ayer, Interstellar, Cuestión de tiempo o Dark, ya sea con la invención de máquinas, pasadizos secretos, armarios de viaje o mediante un don onírico que transporta a los cuerpos de un tiempo a otro, con el sólo hecho de pensar el tiempo al que uno quiere trasladarse. Sin embargo, pienso que la puerta para lograr esos viajes la tenemos presente, en todos los instantes, al momento de dormir. Esa es la invención más profunda que los ajawetik nos dieron.
Vale la pena mencionar que nuestros sueños dicen algo sobre nosotros, importa el momento del día en que uno sueñe: si es en la madrugada, en la noche o en plena alborada del amanecer. Lo digo porque, incluso, mis abuelas me han dicho que cuando uno despierta de un sueño profundo, independientemente de si haya sido un buen o mal sueño, es importante contarlo, porque nos advierte, nos anticipa lo que está por suceder. Personalmente, no siempre suelo llevar a cabo la sugerencia, pero en ciertas ocasiones se me da por contarlas, tal vez porque el sueño me produce alguna emoción y afecto que sólo contándola se apacigua o se fortalece. Cada quien descubre y confiere el significado, siempre íntimo y personal, de sus propias visiones al despertar.


