
Por: Delmar Ulises Méndez-Gómez
I
Políticas estatales de la historia
El sistema internacional de estado-nación[1], como lo conocemos actualmente, es producto del proceso colonial, imperante desde hace más de 500 años. La invasión colonial europea en América no sólo impuso las formas de administrar la vida social, cultural y económica en los territorios y pueblos, también el de la historia “oficial” y sus narrativas hegemónicas que sostenían una verdad incuestionable, donde las memorias de las culturas y civilizaciones del mundo precolombino no tenían cabida. La colonización estableció una “racialización e inferiorización concomitante de la gente indígena colonizada, de la población nativa”[2]. Los pueblos indígenas originarios no tenían voz, ni rostro ni memoria para los colonizadores. El dominio colonial “[desintegraba] de manera espectacular la existencia cultural de los pueblos sometidos”[3].
En el caso de México, después de la lucha por la Independencia, los pueblos indígenas no existían siquiera como sujetos de derecho en la primera constitución mexicana. Tardíamente, durante la época posrevolucionaria, fueron tomados en cuenta pero como parte de las políticas integracionistas y nacionalistas del Estado. Esto como un proceso de mestizaje, de exterminio cultural, para la construcción de una “cultura nacional” folclorizada, donde los pueblos del presente no importaban, sino los del pasado, los que la colonización exterminó. Las políticas estatales de la historia en México edificaron una narrativa nacional, donde los imaginarios se legitimaron en todos los espacios educativos y mediáticos, al punto en que hoy resulta “polémico” el pensar en un rostro auténtico de “lo indígena”, del “indígena”, pues se tiene la idea de que la fisonomía indígena es homogénea y auténtica como la que el estado construyó, al estilo de Tizoc, de la india María.
II
El estado y la folclorización de la memoria
Se ha planteado que el estado no es un ente estático, pues necesita replantearse, refundarse para mantener la organización, el poder y el control social. Una de las prácticas se da mediante el reacomodamiento hegemónico “que usa al pasado y define ‘nuevas’ memorias, pero tratando de imponer al mismo tiempo las fronteras de lo que entra y lo que queda fuera de lo nuevo”[4]. No es gratuito pensar que las políticas estatales de la Cuarta Transformación (4T) del gobierno en turno, recurra a dicha práctica al considerar a los pueblos indígenas originarios como parte del proceso de “refundación” del estado-nación, “donde nunca más sea sin los pueblos”, como un principio básico de “hacer justicia a los olvidados”.

Esta definición de nuevas memorias aspira a instituir otras narrativas del pasado, de lo que históricamente fue negado. Esto se puede entrever en las dos acciones más recientes del estado. La primera, con el renombramiento de la antigua Plaza de “La noche triste” para llamarse “Plaza de la noche victoriosa”, que forma parte de la política de memoria sobre la invasión de 1521, que intenta interpelar al racismo y la discriminación estructural creado desde la invasión colonial, e instaurar una contra-historia oficial donde los pueblos sean los protagonistas.
Esta primera acción tuvo varios efectos en la doxa social, por un lado, los que aplaudían el renombramiento; del otro lado, los que afirmaron que eran parte de políticas populistas y que tal acción no cambiaría los problemas de fondo. Lo cierto es que el renombrar un espacio simbólico e histórico, al mismo tiempo, es imponer otras memorias que tampoco representan a la historia de los distintos pueblos de México. Hay una centralización de la memoria que, aun cuando sea un gesto político y de justicia “bien intencionado”, la realidad es que no replantea el devenir de los pueblos ni las relaciones sociales entre pueblos indígenas y gobierno en el presente.

La segunda acción, consiste en el cambio del monumento de Cristóbal Colón ––ubicado en el Paseo de la Reforma en la ciudad de México––, para colocar el monumento de Tlalli[5], realizado por el escultor Pedro Reyes Reyes ––un hombre blanco que no se reconoce ni asume indígena––. Recientemente se publicaron algunas fotografías de la esfinge que se trata, de acuerdo con el testimonio del propio escultor, de las facciones de una mujer olmeca, pues representa la “imagen” más antigua del rostro indígena en México. La idea de cambiar el monumento, según el discurso oficial del gobierno, “es por un asunto de justicia y reconocimiento a todas las mujeres indígenas, de una reconciliación con el pasado”[6].
Esta iniciativa también generó varias reacciones[7] entre la población más “conservadora” –al defender el legado histórico de Colón y la invasión europea[8] – y la población de “izquierda” –que se reconoce como antirracista y decolonial–, al asumir que dicho monumento establece el inicio de una nueva historia de los pueblos. Lo interesante de esta pugna, pero sobre todo con la decisión de crear un rostro indígena femenino, es el debate sobre qué imaginario es el que se sostiene para crear un monumento, cuál es el referente fisiológico e histórico para “representar” a la mujer indígena, qué es lo legítimamente “olmeca” y lo “indígena”. A mi parecer, Tlalli es una forma de colonizar rostros a través de monumentos, de perpetuar imaginarios, de homogeneizar a la mujer indígena[9], cuando en realidad no hay una forma unívoca de ser, mucho menos fisiológica. Los cuerpos jamás son símiles, aun cuando la estructura anatómica sea común entre los humanos. Por ello, pienso que se folcloriza la memoria, se colonizan nuevos rostros más que replantear la historia y reconocer la diversidad pluricultural. Mucha gente lo naturaliza, lo corporiza como si la esfinge los representara y esto es lo que precisamente el estado quiere establecer. Por ahora, se anuló la propuesta del monumento debido a las reacciones encontradas.
Por supuesto que es importante desestructurar la historia colonial y sus esfinges, que están fundamentadas con el exterminio, el silenciamiento y la negación de los pueblos. Pero los cambios mientras se siga suscitando desde la verticalidad, desde el decreto oficial del estado, sin considerar la palabra y voluntad de los hombres y las mujeres de los pueblos, no habrá monumento ni renombramiento de plazas que cambie el presente, pues existen muchas deudas y pendientes que no se solucionan con estas prácticas: las desapariciones, el desplazamiento forzado, la militarización de los pueblos, el paramilitarismo, el machismo, la violencia de género, los feminicidios, entre otras… Una lista interminable.
Es importante mencionar que los pueblos no están para afirmar las prácticas de refundación estatal, no están para ser perpetuados en nuevas narrativas de la historia oficial y nacional. Por el contrario, los pueblos han existido dentro y al margen del estado, con sus propias luchas, contradicciones y conflictos, reivindicando sus memorias que no buscan ser hegemónicas. Lo mismo con la fuerza y lucha de las mujeres indígenas que están en una situación más adversa ante el dominio de un estado patriarcal, racista, colonial y capitalista, que se reproduce y recrea en la vida cotidiana. Un monumento no cambia nada, menos cuando la sociedad mexicana no sabe que actualmente existen –y somos– más de 68 pueblos con sus propias dinámicas culturas y lingüísticas, que no podrían definirse con una esfinge colocada en un espacio gentrificado como lo es El paseo de la Reforma, donde, además, casi nadie de los hombres y las mujeres indígenas suelen transitar.
[1] Oyewumi, Oyeronke, La invención de las mujeres. Una perspectiva africana sobre los discursos occidentales de género, 2017.
[2] Ibidem, p. 211.
[3] Fanon, Frantz, Los condenados de la tierra, 2019, p. 263.
[4] Rufer, Mario, La administración del pasado. Memoria pública, nación y producción de historia en contextos (pos)coloniales, 2008, p. 15.
[5] Palabra náhuatl que significa “Tierra”.
[6] AN/GH “Diputadas locales y senadores de Morena respaldan colocación de Tlalli en Paseo de la Reforma” [en línea], 2021.
[7] Cabe señalar que, a través de la red social de Twitter, muchos usuarios expusieron su malestar, al punto de decir que más que representar el rostro de una mujer indígena, era la de un “alienígena”. Ello visibiliza el profundo racismo que existe en un amplio sector de la sociedad mexicana.
[8] Como fue la solicitud expuesta por Felipe Calderón Hinojosa, ex presidente de México, junto con su esposa Margarita Zavala, quienes, al pronunciarse en contra, demuestran que lo hacen no por defender una estatua, sino para reivindicar el saqueo colonial y la estructura racista que impera en la práctica cotidiana de la clase política conservadora.
[9] Un sector de la sociedad planteaba la necesidad de llevar a cabo una consulta con las mujeres indígenas del país, para lograr un consenso del rostro femenino. Sin embargo, ello tampoco resuelve el dilema, porque sería caer en una lógica de consultas estatales para el beneficio legítimo de sus prácticas.
Lista de referencias
AN/GH, 2021, “Diputadas locales y senadores de Morena respaldan colocación de Tlalli en Paseo de la Reforma”, en Aristegui noticias [en línea], 13 sep. 2021, consultado en: https://aristeguinoticias.com/1209/mexico/diputadas-locales-y-senadores-de-morena-respaldan-colocacion-de-tlalli-en-paseo-de-la-reforma/
Fanon, Frantz, Los condenados de la tierra, México, FCE, 2019.
Oyewumi, Oyeronke, La invención de las mujeres. Una perspectiva africana sobre los discursos occidentales de género, Colombia, Editorial La Frontera, 2017.
Rufer, Mario, La administración del pasado. Memoria pública, nación y producción de historia en contextos (pos)coloniales. Tesis de doctorado, El Colegio de México, 2008.
