Cuando muere un manglar

Por: Guillermo García

En la costa vive una planta de lo más singular, base de un ecosistema diferente, del pasto marino, del bosque entre la sal y el agua dulce: el manglar. Los hay de diferentes formas, pequeños de apenas metro, o grandes de hasta tres metros. En diferentes latitudes, en el cálido caribe; o bien en las playas del océano pacífico y por sorprendente que parezca también en los áridos desiertos del mar de  Cortés.

El manglar no es sino una expresión de la vida, de un todo más grande. El océano y la selva [o desierto] se hacen uno en sus costas, espesas, cuál laberinto, pero increíblemente fértiles en diversidad. De igual manera, el manglar es por mucho solo una parte del todo. Da alimento, refugio, lugar de descanso, de desove. No se limita a la vida no humana, resulta fuente de recursos para humanos pesqueros y camaroneros. Frente al inclemente clima, el manglar detiene huracanes, propicia el oxígeno, en cierta manera nos da un orden.

Cuando vive el manglar, la vida florece, el océano respira, la diversidad pulula. Todo; plantas, peces, aves, mamíferos coexisten por igual. El eco de la naturaleza resuena, presente en la quietud de la costa, perceptible para quienes saben dónde escuchar. Las aves pintan la costa, chapotean, hacen nidos, vuelan. Graznan los patos y las gallaretas, orgulloso el flamenco luce sus rosas plumas, y en las alturas los pelícanos blancos y marrones se abalanzan a la pesca. El cocodrilo patrulla, circunda las aguas, devora los peces. La iguana toma el sol durante el día y la serpiente espera tranquila en la rama, invisible para su presa, quien espera con paciencia. 

Cuando vive el manglar, el mono se transporta entre las ramas del mangle, buscando hojas y frutos, en familia, en comunidad; gritaran ante el peligro, huirán y buscarán refugio en el espesor, en la seguridad de la selva. Ahí mismo, el jaguar acecha, se esconde entre las ramas y la profundidad; camina a diario largas jornadas en busca de alimento e incluso en ocasiones nada en sus aguas para poderse transportar. En estas mismas aguas el manatí nada en pasividad, alimentándose del pasto marino, en el lento oleaje de una costa rodeada de raíces y árboles. 

Cuando muere un manglar, todo cambia para no volver. Las aves se marchan de sus nidos en busca de otro, quizá el último refugio donde puedan vivir en paz, ya no hay colores en la costa, ya no hay graznidos ni plumas rosadas, solo queda el mar. El mono se va, huye espantado, buscando escondite para sí y su familia, sin saber que ya no tienen a dónde ir.

Cuando muere un manglar, el jaguar se esfuma, ya no hay rugidos a lo lejos, ya no hay cacería ni presa; el jaguar se vuelve leyenda, símbolo de la arqueología, pieza de un museo o exposición viviente de un zoológico. El destino del manatí no es diferente, con suerte podrá migrar hacia otras aguas fértiles, donde aún pueda pastar en paz, expulsado de su tierra natural, sin posibilidad de seguir siendo él mismo.

Cuando muere un manglar, se hacen hoteles de todos los precios y categorías, cinco estrellas, con supermercados. Restaurantes internacionales y discotecas para bailar. Ya no hay silencio como antes, ya no cantan las aves ni gritan los monos, solo bullicio de la gente. El hotel trae consigo turistas de todo el mundo y con suerte hasta uno que otro nacional. La economía fluctúa, hay trabajo, oportunidades de crecer. Recorridos turísticos, fiestas en la playa y una gran rueda de la fortuna para ver el atardecer en el mar. Y quien sabe, con suerte, hasta el hotel sea sustentable, recicle, tenga composta, no use plásticos y diga que se ¡compromete con el medio ambiente!”  Su mensaje podría ser claro: salvemos el planeta como yo lo hago, salvemos el planeta de la destrucción misma que yo fui a generar. El hotel pregona al mundo ser la solución, cuando también es el problema.

Cuando muere un manglar, vienen los influencers, tik tokers, instagramers: bailan, ríen, cantan, todos a un himno unísono del mismo mensaje: sé feliz, vive la vida, viaja, el momento es ahora. Fotos en bikinis, en bañador, con zapatos caros y atuendos coloridos y extravagantes. Siendo el mensaje del éxito, de la vida y la realización, pero sobre todo el mensaje será cuida el medio ambiente, cuidemos el planeta, si no hay planeta, ¿dónde nos vamos a tomar fotos para ser felices?

Cuando muere un manglar, el huracán azota, se lleva todo, los autos, los techos e incluso la playa. El clima cambia, se calienta, normalizado por ser la costa, sin saber que alguna vez fue fresco y no sofocante ese lugar. El mar antes vivo ya no tiene peces, el pescador se quedó sin sustento, lo artesanal es desplazado por las grandes marcas que compraron el manglar. Ya no se puede pescar en la lancha el camarón o el pescado, seguramente terminará dando paseos a turistas, explicaciones y con suerte hasta trabaje para una gran empresa o cada hotelera transnacional.

Ya no hay nada en el mar, solo una lata de cerveza de algún turista irresponsable, ¿qué más da?, ¡El manglar se ha ido, se ha esfumado, ya no hay nada por salvar!, muchos lo recuerdan, otros ignorarán siempre que existió. Únicamente queda el mar, desértico, contaminado, pero lleno de visitantes con ganas de reír, de vivir la vida, de ser felices, ¿a qué costo?, ¿quizá al más alto? Ha muerto el manglar.

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