
Por. Daniel Luna
En el universo existen una cantidad infinita de cosas y conceptos que sobrepasan el entendimiento humano. Incluso al interior de la propia cosmovisión construida por nuestra especie, existen circunstancias que no comprendemos en el desenvolvimiento natural de la cultura a la cual pertenecemos. Por lo anterior, necesitamos de los símbolos para apoderarnos del sin sentido a nuestro alrededor. Dichos símbolos inician como una idea y la materialización de las ideas comienza con los signos que escogemos observar.
La palabra signo es utilizada para denotar un objeto tanto perceptible como imaginable o inimaginable. Es por ello por lo que, siguiendo este argumento, para hablar de símbolo es necesario que se comprenda como una relación entre el signo y la representación de algo distinto, lo cual suele definirse como objeto. En este último punto, la aportación del signo presupone un conocimiento para poder proporcionar información adicional.
Para profundizar más en la idea de esta relación, es pertinente mencionar que un signo es un primer elemento que mantiene una relación triádica con un segundo, llamado su Objeto, que a su vez es capaz de hacer que un tercero, ósea su Interpretante, asuma una relación entre los dos primeros conceptos. Dicha relación es genuina, pues sus tres miembros están vinculados entre sí y se necesitan para conectar uno con el otro.
Existen clasificaciones dentro de los signos, las cuales también interactúan dentro de la comunicación establecida. La división fundamental de los signos es; índice, icono y símbolo. No obstante, este último se divide en dos funciones principales. En primer lugar, el símbolo singular cuyo objeto es un individual existente. Y en segundo, el símbolo abstracto cuyo único objeto es un carácter.
Por lo tanto, el símbolo se conecta con su objeto en virtud de la idea de la mente, sin la cual no existiría ningún tipo de conexión. Lo anterior indica que un símbolo denota una clase de cosas y es en sí mismo una clase y no una cosa en particular. Gracias a esta aportación, es posible establecer afirmaciones que soporten el carácter pragmático de este concepto dentro de la relación con su espectador.
A partir de esta afirmación, es posible profundizar más en el significado e implicación de este término. Para Ricoeur “el concepto de símbolo conjunta dos dimensiones (…), dos universos de discurso, uno lingüístico y el otro de orden no lingüístico”[1]. Es por ello por lo que dentro de esta perspectiva se considera que los símbolos tienen un doble sentido, el cual es atendido por diferentes perspectivas desde donde se proponga su análisis. Sin embargo, la complejidad externa de los símbolos requiere ser explicada a la luz de la teoría de la metáfor.
Dicha relación entre el literal y el sentido figurado de una expresión metafórica es la guía apropiada para identificar las características semánticas de un símbolo. Estas características son las que relacionan cada forma del símbolo con un lenguaje. Gracias a la aplicación de la metáfora, este excedente de sentido puede ser opuesto al significado literal. Por lo tanto, la significación simbólica está construida de tal manera que solo podemos lograr la significación secundaria por medio de la primaria.
Es decir, el proceso que conduce a relacionar algo con su representación. Una cruz con una religión, una letra “s” con una persona que transmita esperanza o un grabado con épocas anteriores. La distribución de los símbolos permite acercar lo inimaginable con algo que es posible enfrentar. Un destino el cual sobrevivir a través de su interpretación, aunque a veces no sea posible explicar.

A esto último se agrega la idea de los momentos no semánticos. En ese sentido, se presenta el valor contrario que tienen los símbolos a través de discordancia con la metáfora, por lo cual se resisten a la transcripción lingüística, lógica o semiótica de cualquier clase, “esta falta de claridad del símbolo está relacionada con lo arraigado de los símbolos en áreas de nuestra experiencia”[2].

Dicha variedad de formas carece de autonomía y permanece sujeta a diferentes actividades de otra naturaleza. En otras palabras, la producción del símbolo depende de las experiencias humanas tanto semánticas como no semánticas. Mismas experiencias que son tratadas desde la superficie por la metáfora y que el símbolo tiene la tarea de profundizar. Una cualidad que conduce a una experiencia completa respecto a una película, una pieza artística u objeto personal. Los símbolos están ahí, son necesarios y a través de ellos es posible entender la posición humana ante la adversidad.
[1] Ricoeur, Paul, Teorías de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, 2006, p. 67.
[2] Ibídem, p.70.
Lista de referencias
Ricoeur, Paul, Teorías de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, Siglo xxi
Editores, México, 2006. [1]
