Por: Ulises Gómez
Cada 2 de febrero el pueblo de Socoltenango, Chiapas, celebra su fiesta grande, su fiesta patronal dedicada a la Virgen de Candelaria. Durante varios días el recinto que aguarda esta “milagrosa” advocación se desborda con cientos de devotos, quienes, desde los pueblos vecinos y las altas montañas de Chiapas, recorren el interior de la nave murmurando rosarios y con una candela entre las manos; con el ferviente deseo de tocar o besar el vestido de la virgen y conseguir un milagro. Para los indígenas mayas, tsotsiles, tseltales y tojolabales la virgen es la Ch´ul Me´tik Kantel, es decir, la Sagrada Madre Luna, dadora de vida, lluvias y cosechas. Al coro de “buenos días, paloma blanca”, “bendícenos lúcida estrella del mar”, los peregrinos van dejando sus veladoras, flores y limosnas alrededor del púlpito sagrado del antiguo convento de Santa Cruz. Al estar relacionada con manantiales y arroyos, existe en el pueblo una poza rodeada de hermosos sabinos denominada “la Virgen”, donde según muchas historias la han visto caminar y lavarse los cabellos.

Lo que comenzó como un pueblo de indios, en la actualidad es un pueblo mestizo con profundas y arraigadas costumbres. El pueblo de Socoltenango o Tzotzocoltenango, como se cita en los documentos coloniales, fue fundado entre 1545 y 1565, durante el periodo de evangelización que emprendió la orden religiosa de Santo Domingo en la Depresión Central. Durante la reducción de pueblos, en Socoltenango fueron conjuntados indígenas tsotsiles, tseltales y tojolabales. La primera referencia del pueblo data de 1568 y se encuentra en una inscripción del Libro de Casamientos de Comitán, bajo su antiguo nombre tseltal, Uninquibal. La historia del culto a la Virgen de Candelaria hunde sus raíces en la tragedia que cimbró al antiguo cacicazgo de San Vicente Copanaguastla. Desde 1545 la vicaría de Copanaguastla fue el bastión del foco misionero que establecieron los dominicos en la provincia colonial de Los Llanos. Desde su convento los misioneros salían a los pueblos vecinos a predicar el evangelio y administrar los santos sacramentos. El primer vicario que recorrió los pueblos vecinos de Soyatitán, Pinola, San Bartolomé, Zacualpa e Ixtapilla, fue el español fray Domingo de Ara quien, atraído por los ideales de fray Bartolomé de Las Casas, llegó a Chiapas en 1545 proveniente de Salamanca, España.[1]

Paralelo a la predicación, los misioneros instituyeron santos, cofradías y fiestas patronales en los pueblos que fueron fundando; ya que los dominicos tenían la autoridad para fundar cofradías en honor a la Virgen del Rosario, éste fue uno de los cultos más extendidos en todo Chiapas. Se tienen registros que desde 1561 existía en Copanaguastla una cofradía de la Virgen de Candelaria; asimismo que desde la construcción del convento de San Vicente se le dio culto a “una imagen estofada” de la Virgen del Rosario que era celebrada cada 2 de febrero y que años después fue trasladada al pueblo de Socoltenango. Este histórico traslado fue consecuencia de las múltiples pestes y hambrunas que sufrió Copanaguastla desde 1620. Las epidemias azotaron tanto que para 1640 el pueblo estaba prácticamente devastado y apenas sobrevivían algunas familias. Desde 1617 las autoridades indígenas solicitaron a la Corona Española el traslado de los habitantes a otro pueblo, sin embargo, los dominicos, obstinados, interpretaron la tragedia como un castigo de Dios contra la persistencia de cultos prehispánicos entre los feligreses. Resulta que un día, según fray Francisco Ximénez, uno de los religiosos del convento sorprendió a unos indios del pueblo dirigiendo oraciones a un ídolo de piedra que estaba resguardado detrás de la imagen de la Virgen del Rosario. La reliquia fue retirada del lugar, “convocando al pueblo y reprendiéndole su idolatría, lo hicieron cenizas y las desparramaron por todo el campo”.[2]
A pesar de que Copanaguastla era uno de los pueblos más importantes, tanto por sus tierras fértiles, pero cenagosas e insalubres en algunas partes, como por su ubicación cerca del gran Camino Real, las epidemias terminaron por diezmar a toda la población. Así, en 1645 se concluyeron las diligencias para trasladar la cabecera eclesiástica al pueblo de Socoltenango con la nueva categoría de priorato: “Transferimus Conventum Nostrum S. Vicen. De Copanaguastla, ad opi dum de Tzotzocoltenango subtitulo Conventus Sancta Crucis cum ómnibus gratti et privilegiis quibus solent Eclessia Collegiata nostra ordinis”. El traslado incluyó, además de los sobrevivientes, las herramientas litúrgicas del convento y la imagen de la Virgen del Rosario. El pueblo del Socoltenango fue elegido por varias razones: su ubicación y su clima agradable, su distancia lejana de las aguas insalubres y su cercanía con los trapiches y cañaverales que eran propiedad del convento de Santa Cruz. Gracias a las tierras que heredó de Copanaguastla, los dominicos se convirtieron en grandes terratenientes y durante el siglo XVIII el convento de Santa Cruz Socoltenango fue uno de los más poderosos en todo el obispado.[3]

En 1687 sus dominios llegaban hasta el Valle de Cuxtepeques, donde los dominicos compraron al capitán José Antonio Torres dos propiedades: la hacienda Nuestra Señora del Rosario y San Antonio Las Salinas, un antiguo despoblado dedicado a la explotación de la sal que perteneció a los indios copanaguastecos. Años antes, en 1669, vendieron un importante trapiche, nombrado San Luis Beltrán, al capitán Joseph Cabrera, y hacia 1650 recibieron, como donación de Joan del Castillo, la hacienda Trinidad, ubicada rumbo a Santo Domingo Comitán. Para 1739 fray Alejandro Bravo, cura de Socoltenango, poseía junto al pueblo de Socoltenango una galera con tierras, cañaverales, trapiche y horno. A fines del siglo XVIII el convento administraba cuatro haciendas, entre ellas La Mesilla, y catorce trapiches de cañaverales. Todo esto permitió que la caña de azúcar tuviera un considerable impulso que generó importantes ganancias, al mismo tiempo que se consolidó el culto de la Virgen de la Candelaria.[4]
En la actualidad los pobladores cuentan que la virgen no estaba a gusto en Socoltenango y constantemente se regresaba a Copanaguastla. Después de haber realizado un milagro se le adjudicó el título de patrona oficial, desplazando a la Santa Cruz, y nunca más volvió a regresar al antiguo pueblo que quedo hundido en la desolación. Ante el decaimiento de Copanaguastla, el culto de la Virgen del Rosario fue uno de los vehículos que usaron los dominicos para posicionar a Socoltenango como un pueblo populoso. Antes de tomar su nueva advocación como la Candelaria, entre 1660 y 1661, fray Martín de Herrera, cura de Soyatitán, reportó una serie de milagros llevados a cabo por la Virgen del Rosario. Si bien no se han encontrado los documentos originales, sabemos por fray Francisco Ximénez que fray Martín informó 21 casos. Entre ellos, el de un niño muerto de Pinola, de entre 9 y 10 años, quien fue puesto a los pies de la virgen y resucitó. Una mujer mulata “que estaba sin habla” y la española Juana de Espinosa “hallándose para morir”, ambas de Socoltenango, fueron curadas. La mujer del fiscal indígena de San Bartolomé que “estaba mal del corazón”, y otra mujer del mismo pueblo “tullida y tan cala de los pechos que se temía de cáncer”, experimentaron también el milagro. Otros: una mujer indígena de Totolapa, un mulato de Ciudad Real, Miguel Sánchez de Comitán, Ana del Pozo de Chiapa de los Indios y su hijo fray José, un muchacho de Huehuetenango, otro mulato de Tabasco y el propio fray Martín.[5]

De acuerdo con el historiador Jan de Vos, estos datos hagiográficos, recogidos por fray Ximénez, hay que manejarlos con cuidado y tomarlos por lo que son: milagros que solo pueden tener relevancia dentro del terreno donde nacieron, el de la devoción de los feligreses y el contexto socioeconómico de su surgimiento.[6] El traslado de la cabecera eclesiástica, y la virgen como estandarte, generó significativas repercusiones sociales y económicas en toda la comarca. Al ser la nueva cabecera eclesiástica, era menester reestablecer el flujo de Copanaguastla hacia Socoltenango. El culto en la figura de la virgen fue clave para lograr este objetivo. Los milagros reportados atrajeron anualmente a feligreses que llevaban presentes y regalos. Las visitas que se hacían cada 2 de febrero a Socoltenango para ver a la virgen dejaban una significativa derrama económica que benefició principalmente a los dominicos. Con el paso del tiempo, la advocación de la Candelaria ganó terreno en el panteón católico de los socoltecos. Durante el siglo XIX Socoltenango reforzó lazos sociales y económicos con Comitán y San Bartolomé justamente a través de este culto. Después de las plagas y epidemias que azotaron a la región entre 1830 y 1850, las imágenes de los santos, en agradecimiento por su intercesión para detener la alta cantidad de muertos, se visitaban entre sí. La Virgen de Candelaria visitaba a Santa Catarina en San Bartolomé y a San Nicolás Tolentino de Comitán desde el siglo XVIII y XIX; como correspondencia, los santos vecinos, acompañados por las romerías, se encaminaban el 2 de febrero con dirección a Socoltenango. Con más de 400 años de historia, y extendiéndose hasta nuestros días, el culto se ha convertido en uno de los cultos marianos más antiguos de Chiapas.[7]
[1] Gómez Vázquez, Ulises Antonio, Laudare, benedicere y praedicare, 2020, P.271-275.
[2] Ruz, Mario Humberto, Copanaguastla en un espejo, 1992, pp. 341-343.
[3] Gómez Vázquez, Ulises Antonio, op. cit., p. 269; Ximénez, Francisco fray, Historia de San Vicente, 1999, libro IV, capítulo LIXXX, p. 162.
[4] Barrera Aguilera, Oscar Javier, Las Terrazas de Los Altos, 2019, pp. 113-114.
[5] Ximénez, Francisco fray, op. cit., libro IV, capítulo LXIV, pp. 163-165.
[6] Vos, Jan de, Fray Pedro Lorenzo de la Nada, 2010, p. 86.
[7] Aramoni Calderón, Dolores, Las visitas religiosas entre los pueblos, 2005, pp. 53-55.
Bibliografía
Aramoni Caldero, Dolores, “Las visitas religiosas entre los pueblos de San Bartolomé de Los Llanos y Socoltenango durante el siglo XIX”, Anuario de Estudios Indígenas X, IEI-UNACH, 2005, pp. 49-73.
Barrera Aguilera, Las Terrazas de Los Altos: lengua, tierra y población en la Depresión Central de Chiapas, 1775-1930, CIMSUR-UNAM-CONECULTA, México, 2019.
Gómez Vázquez, Ulises Antonio, Laudare, benedicere y praedicare. La experiencia de la orden de Santo Domingo en la provincia de Los Llanos. Tierras, trapiches y capellanías en el priorato de Socoltenango, 1609-1706, tesis de maestría, CESMECA-UNICACH, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 2020.
Ruz, Mario Humberto, Copanaguastla en un espejo. Un pueblo tzeltal en el virreinato, INI, México, 1992.
Vos, Jan de, Fray Pedro Lorenzo de la Nada. Misionero de Chiapas y Tabasco, FCE-CIESAS, México, 2010.
Ximénez, Fray Francisco, Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Guatemala de la orden de los predicadores, CONECULTA, México, 1999 (primera edición c.a. 1720).

