Por: Ulises Gómez
¡Ya es temporada de carnavales! Como todos los años, la celebración de los carnavales en Chiapas se abre como una ventana, repleta de color, memoria y algarabía, a la historia y tradiciones de los pueblos. Risas, baile y alcohol, son solo algunos de los elementos que saltan a la vista de los presentes, quienes emocionados y aplaudiendo al son de la marimba, se toman un “caballito” de aguardiente o cualquier otra bebida, mientras la fiebre colectiva se expande entre los parques y las avenidas. Más allá de una mera teatralidad festiva, la connotación simbólica de los carnavales hunde sus raíces en un pasado prehispánico lleno de significado ritual, y que mezclado con elementos cristianos antecede anualmente al miércoles de ceniza: ¡Para la buena lluvia! ¡Para las grandes cosechas!

Entre los carnavales más “famosos” de Chiapas, San Juan Chamula, Suchiapa y Ocozocoautla, ha empezado a tener notoriedad el Carnaval del Tancoy de Las Rosas. No solo por la particularidad de su personaje principal, el “Tancoy”, sino por los orígenes de su nacimiento: la Revolución Mexicana. Antes de explicar esto, conozcamos un poco más sobre la historia de este particular pueblo.
Pinola, como se le conoció oficialmente hasta inicios del siglo XX, fue fundado entre 1545 y 1565. En un valle rodeado de verdes cerros, terrazas y ojos de agua, los religiosos de la orden de Santo Domingo congregaron a una población de origen maya tseltal.[1] Según varios autores, el topónimo de Pinola, en su acepción náhuatl, significa “lugar de pinole” o “lugar de extranjeros”; hipótesis todavía no fundamentadas del todo; en su variante tseltal es conocido como “Mukulaquil” que significa “llano grande”. Su santo patrono es San Miguel Arcángel, “Chul´Chawuk”, es decir el “rayo sagrado”, “el que manda las lluvias”, uno de los santos más importantes para la religiosidad local.[2]

Es posible que antes de la fundación haya existido un asentamiento prehispánico en las cercanías de su actual ubicación. Esto por dos razones, la primera, una cita del conquistador Bernal Díaz del Castillo de 1524 que menciona a Pinola como uno de los cacicazgos que, junto a Copanaguastla, “rindieron obediencia” a los españoles durante la conquista militar; dos, por unas ruinas arqueológicas, conocidas en la actualidad por los lugareños como “pueblo viejo”, que prueban este pasado mesoamericano; desafortunadamente carecemos todavía de estudios serios sobre tal enigmático sitio.

Desde su fundación Pinola fue administrada por la vicaría de Copanaguastla y el curato de Soyatitán, hasta casi 1645, cuando pasó a la jurisdicción del priorato de Socoltenango. Respecto a su población, en 1774, el obispo Manuel García Vargas y Rivera describió durante su visita que existían en Pinola 112 casados, 5 viudos, 18 viudas, 22 muchachos, 18 muchachas; según el informe, todos tseltales, apenas un ladino, dedicados a la siembra de maíz, frijol, chile y caña dulce.[3]
Durante todo el periodo colonial, Pinola fue principalmente tseltal. A pesar de ser un pequeño anexo de Soyatitán, en el transcurso del siglo XIX superó a éste; tanto en su economía, gracias al cultivo de la caña de azúcar, como en el tamaño de su población, que creció a pesar de las constantes plagas de langostas y epidemias que la azotaron, principalmente el cólera y el sarampión. Todavía hasta finales del siglo XX, Pinola era un próspero pueblo indígena. Fue en 1912, cuando el gobernador Flavio Guillén, lo elevó a la categoría de Villa, agregándole el nombre de Las Rosas, en honor al coronel Crescencio Rosas, quien participó en la pacificación del levantamiento que emprendieron los de San Juan Chamula en 1869. La llegada de más ladinos, y la fundación de fincas y trapiches en los alrededores, sobre todo en las tierras cercanas al río Chilá e Ixtapilla, motivos de disputa, provocaron cambios significativos en la cabecera. La reducción de la lengua, la pérdida de bienes comunales y el desplazamiento del ayuntamiento indígena, son tan solo algunos resabios de este proceso que siguió acelerándose después de la Revolución Mexicana.[4]

Como en la región existía un alto número de fincas, después de la llegada de los “carrancistas” a Chiapas, hacia 1914, estos tuvieron que enfrentarse a los “mapaches”; se tienen registros, documentales y orales, de combates ocurridos en Pinola, Socoltenango, Soyatitán y San Bartolomé. Los “carrancistas”, que representaban el rostro de la revolución y venían del centro a “liberar” a los campesinos de la esclavitud que vivían en las fincas y haciendas. Los “mapaches”, un grupo de finqueros que protegían sus propios intereses y se veían amenazados por los ideales de este levantamiento; el término “mapache” hacía alusión a la “táctica militar” de este último grupo, ya que “se escabullían como el mapache entre las milpas”, para atacar al enemigo o para entrar a los pueblos y las haciendas a robar suministros para resistir la guerra. El alto al fuego se dio hasta 1921, cuando, como consecuencia de acuerdos y alianzas políticas, un “mapachista”, Tiburcio Fernández Ruiz, fue nombrado gobernador del estado.[5]
¡Ahí viene el Jk´a´ me´el!, gritaban antiguamente, en forma de relajo, los hombres tseltales que asistían al carnaval; es sugerente que la palabra en la lengua local signifique “viejo mapache”, “pinche mapache” o “mapache malo”. Tenemos noticias que a inicios del siglo XX ya existía un carnaval local en Pinola, que, al igual que muchos en la actualidad, precedía y anunciaba la temporada de cuaresma y tenía una clara referencia a la agricultura. En los años posteriores a la Revolución Mexicana, el carnaval adquirió otros tintes e integró al hoy famoso “Tancoy”, que según algunas voces significa “hombre disfrazado” o “la ceniza bajó”; a manera de ridiculizar al ladino, al finquero, al “mapache”, que entraba al pueblo a robar caballos, mujeres y provisiones.[6]

Desde su surgimiento, el tradicional carnaval era realizado y costeado por la población indígena. Esta festividad era una clara muestra de la separación de las tradiciones indígenas y ladinas dentro del mismo pueblo. Solo los hombres tseltales podían salir disfrazados en las calles. La participación de las mujeres se limitaba a la elaboración de comida para el alimento de los danzantes. Las bebidas principales eran el temperante, aguardiente y miel; “alimentos dulces que permitían al cuerpo permanecer varias horas activo”. Hoy, irónicamente, la presencia de “ladinos” en el carnaval es cada vez más visible; además, de que son ellos quienes venden los principales elementos que conforman la vestimenta del “tancoy”. Según explicó don Juan Ordoñez, originario del pueblo, “anteriormente eran puros indígenas, no se mezclaba gente ladina como ahora que ya entran a este relajo, ya ellos lo hacen como relajo, ellos lo hacían tal como son las cosas, pura gente indígena, era de respeto”.[7]
En la década de 1960, la antropóloga argentina María Esther Hermitte registró que la celebración duraba tres días y que el único papel que desempeñaban los ladinos era el de meros espectadores. Durante el Martes de Carnaval, unos documentos antiguos, que estaban en custodia del alcalde tseltal en turno, pasaban a manos de uno nuevo. Para entonces, los participantes se vestían de ladinos: zapatos, pantalón, saco, sombrero con pañuelo, máscara, y polainas de cuero o de cartón.[8] Esto porque, según la tradición oral, cuando los “mapaches” huían a los montes para esconderse de los carrancistas, dejaban votados por los caminos de herradura diferentes artefactos personales. Hoy por hoy, podemos notar que los “Tancoy” portan máscaras, botas vaqueras, traje y casco tipo militar, espejos, animales vivos o disecados (como iguanas, mapaches o aves), rifles, pistolas, e incluso fotografías de sus ancestros y títulos universitarios de sus hijos.[9]

A grandes rasgos, y de acuerdo con Nancy Karel Jiménez, pueden identificarse tres periodos en la historia del carnaval de Pinola. El primero, entre 1900 a 1940, con un pueblo en su mayoría formado por tseltales y atravesado por las épocas del Porfiriato y la Revolución. Un segundo tiempo, que abarca de 1950 a 1980, marcado por la unificación de los antiguos barrios de campesinos tseltales que compartían una historia de explotación y despojo y por las relaciones biculturales entre la población indígena y ladina.
La última fase, que corresponde prácticamente al siglo XXI, está caracterizada por las múltiples relaciones e influencias de la globalización: nuevos personajes, canciones “modernas”, comida corrida y otro tipo de bebidas (como cervezas y micheladas). Todavía, a pesar de que el carnaval está en un proceso de institucionalización, un reducido número de pobladores, entre capitanes y mascareros, tratan de seguir conservando, hasta cierto punto, su sentido histórico y ritual. Después de orarle a San Miguel, los “tancoy”, al frente de su capitán, salen a las plazas a bailar enardecidamente, pidiendo para que el próximo año estén con vida para mantener el fuego de esta histórica tradición.[10]
[1] Gómez Vázquez, Ulises Antonio, Laudare, benedicere y praedicare, 2020, pp.15-16
[2] Becerra, Marcos E., Nombres geográficos indígenas, 1985, pp. 250-251; Hermitte Esther, Poder sobrenatural y control social, 1992, pp.40-41.
[3] Becerra, Marcos E., op, cit., p. 250; Gómez Vázquez, Ulises Antonio, op, cit.,pp.257 y 274; García Vargas y Rivera, Manuel, Relaciones de los pueblos, 1988, p.39.
[4] Barrera Aguilera, Oscar Javier, Las Terrazas de Los Altos, 2019, pp. 439-455.
[5] Martínez Assad, Carlos, Las fronteras de la Revolución en Chiapas, 2010, pp. 46-50.
[6] Entrevista, Inocencio Velasco, capitán del carnaval, Las Rosas, 2021; Gómez López, Tomas, Estudio lexicográfico del tseltal, 2017, pp. 246-247.
[7] Jiménez Gordillo, Nancy Karel, El Carnaval del Tancoy, 2019, pp.64-68.
[8] Hermitte Esther, op, cit.,pp.22-23.
[9] Entrevista, Inocencio Velasco, capitán del carnaval, Las Rosas, 2021.
[10] Jiménez Gordillo, Nancy Karel, op. cit., p. 41.
Bibliografía
Barrera Aguilera, Las Terrazas de Los Altos: lengua, tierra y población en la Depresión Central de Chiapas, 1775-1930, CIMSUR-UNAM-CONECULTA, México, 2019.
Becerra, Marcos E., Nombres Geográficos indígenas del Estado de Chiapas, INI, México, 1985.
García Vargas y Rivera, Manuel, Relaciones de los pueblos del obispado de Chiapa, 1772-1774, Patronato Fray Bartolomé de Las Casas, A.C., San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 1988.
Gómez López, Tomas, Estudio lexicográfico del tseltal de Villa Las Rosas, tesis de doctorado, CIESAS, Ciudad de México, 2017.
Gómez Vázquez, Ulises Antonio, Laudare, benedicere y praedicare. La experiencia de la orden de Santo Domingo en la provincia de Los Llanos. Tierras, trapiches y capellanías en el priorato de Socoltenango, 1609-1706, tesis de maestría, CESMECA-UNICACH, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 2020.
Hermitte, Esther, Poder sobrenatural y control social en un pueblo maya contemporáneo, Tuxtla Gutiérrez, ICHC, 1970.
Jiménez Gordillo, Nancy Karel, El carnaval del Tancoy en Las Rosas, Chiapas, 1914-2018. Una etnografía histórica, tesis de doctorado, CESMECA-UNICACH, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, 2019.
Martínez Assad, Carlos, “Las fronteras de la Revolución en Chiapas”, en Fenner Justus y Miguel Lisbona Guillen (coordinadores) La revolución mexicana en Chiapas un siglo después, UNAM-PROIMSE, México, pp. 31-58, 2010.

