Por: Carlos Palomares
Cuando era niño, alrededor de los ocho años, le pedí a mi mamá y mi papá un perrito de regalo de cumpleaños. Recuerdo que fui específico, quería uno igualito al de un comercial de papel higiénico, es decir, un golden retriever. La respuesta fue un persuasivo no, pues me explicaron las implicaciones que conlleva la responsabilidad de tener un perrito.
Entre otros aspectos, me explicaron que había que mantener su sitio aseado, alimentarle, cuidar que no se enfermara y que cuando así fuera darle seguimiento a su tratamiento. Me hicieron ver que los perritos no pueden ir a todos lados y que eso limitaría los sitios a los que podíamos ir, que viajar con un can es más difícil e incluso fui advertido que mis “domingos” serían destinados a la alimentación y otras necesidades del nuevo integrante.
Al escuchar todo eso, me pareció que quizá no era la mejor idea y abandoné el deseo de acompañar mi vida de un cachorrito. El tiempo transcurrió y yo crecí alejado del amor que un perrito puede brindarte. Incluso me parecía irrisorio lo que algunas amistades hacían por sus seres de cuatro patitas, como festejar su cumpleaños, dormir en la misma cama, vestirles y consentirles, a quienes les pido una disculpa, especialmente a Romina.
Con el transcurrir del tiempo y por los azares del destino, coincidí con un cachorrito, una bolita de rulitos pelusos llamado Bambú. Nuestro primer encuentro no fue tan agradable, yo llegaba a su casa como un extraño y, aun siendo un cachorrito de unos cuantos meses, su instinto protector hizo que saliera a ladrarme e inspeccionarme. A mí, con un claro desapego a los perritos, me pareció desagradable y traté de ignorarlo lo más posible.
Con el pasar de los años, Bambú crecía y se convertía en un cachorro travieso y consentido. En su casa siempre ha sido amado por las y los humanos que le rodean, quienes siempre han procurado su bienestar. Lo anterior a mi me hacia pensar que era un animalito muy mimado y que eso no estaba bien. Confieso que, cada que tenía oportunidad, molestaba a Bambú. Le escondía sus juguetes, le bloqueaba el paso para que no subiera a la cama, lo bajaba del sillón y hasta caras feas le hacía. Su reacción siempre era verme desconcertado y me daba besitos de lengüetazo, quiero pensar que porque él sabía que me molestaba y le divertía verme huir.
Yo frecuento la casa de Bambú, ello me “obligaba” a convivir con él. Lo que marcó el inicio de nuestra amistad fue la pandemia. Por el aislamiento, me reclui en su casa y en ese tiempo estaba en pleno el desarrollo de mi tesis. Entonces recuerdo que yo, desde que despertaba hasta que anochecía, me sentaba a escribir. Al principio, Bambú tampoco se acercaba tanto a mí, pero imagino que, por la constante convivencia, empezó a tomarme más en cuenta.
La primera acción de bambú fue irse a recostar a mi lado mientras yo escribía, por lo que, sin darme cuenta, poco a poco su presencia reducía el estrés, pues a ratos acariciaba su lomito ruloso y ver su cara de bondad me transmitía calma. Su siguiente acción fue empezar a acercarme sus juguetes, llegaba con su pelota favorita y la ponía en mis pies. Así que, a manera de descanso, me levantaba y se la lanzaba. No pasó mucho tiempo para que yo empezara a sentir su amor infinito y de a poco él comenzara a confiar en mí.
La experiencia que cambió mi percepción respecto a los perritos, y que confirmó que el bambú ya era el dueño de mi corazón, fue cuando en una ocasión me enfermé del estómago. Debido al malestar que tenía, me recostaba en el sillón y dormía. Bambú se subía al sillón, ponía su cabecita en mi estómago, me observaba y cuidaba de mí. En ese momento sentí el amor infinito e incondicional de un perrito. Con su mirada me decía que todo iba a estar bien y que él me iba a cuidar.
Actualmente, sigo visitando a Bambú con frecuencia, ahora cada que llego no hay ladridos, sino un desborde de gusto de ambos por reencontrarnos, abrazarnos y por estar juntos. Ahora juego con él todo el tiempo, le doy de mi comida a escondidas y en porciones más grandes que las que le permiten. Nos hemos vuelto mejores amigos, cómplices y hemos construido una relación de amor puro y sincero.
Nos hemos vuelto tan cercanos que yo no le digo Bambú, para mí es pelus (mi pelus bonito, pelus precioso, pelus amoroso, pelus el apelusado) y él entiende por ese nombre, responde a mis llamados. Hace poco le regalaron una pechera nueva y cada que estoy con él, salimos a pasear de noche, es ahí donde con miradas, cariños y lengüetazos, pasamos tiempo juntos, solo él y yo. Disfrutando de nuestra compañía.
El amor peluso es incondicional e infinito, es una bendición contar con el cariño de un perrito. Quienes hemos experimentado ese sentimiento sabemos que las perritas, los perritos y en general las mascotas, son de lo más bello y puro que tendremos en nuestras vidas. Para nutrir más este texto, pedí a mis amistades que compartieran las fotos de sus amores perrunos. Aquí les dejo una galería llena de patitas, barrigas, sonrisas, travesuras, miradas y, por supuesto, mucho, pero mucho amor peluso.
















