Todo cuanto somos: reflexiones en torno a lo que nos vuelve nosotros

Por: Eva Márquez

La vida es una transición. Aunque no siempre lo percibamos, estamos en constante cambio, armándonos y desarmándonos. Podríamos compararlo con una obra de arte a la que añadimos nuevos detalles, al igual que quitamos o escondemos aspectos que no nos convencen. Si estamos en transformación continua, ¿acaso es posible identificar todo aquello que nos conforma?

El autoconocimiento es un viaje que tal vez nunca logremos completar, pero necesario de llevar a cabo. Considero que cuanto más se conoce una persona, se vuelve una mejor compañía, para los demás, en especial para sí mismo, ya que, si bien el ser humano es esencialmente un animal social, no es menos cierto que la soledad le es también intrínseca. Por tal motivo, una persona sabia es amiga de sí misma y, para ello, se ha de conocer; ha de ser capaz de describirse, así como puede describir a otros quienes le son cercanos.

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Definirse uno mismo no es una tarea fácil cuando no estamos acostumbrados a ello. Una forma de empezar es tratar de narrarnos como si nos presentáramos a alguien más. Nuestra vida y la percepción que tenemos del mundo es un relato que no siempre sigue una estructura lineal, es más bien un relato árbol, que tiene un tronco y distintas ramas. De esta manera, con el árbol como metáfora podemos comprender por qué algunos aspectos de nuestra vida parecen tan diferentes, aunque pertenezcan a un mismo tronco.

Aquello que nos conforma es todo lo que hemos vivido, al igual que lo que hemos deseado incluso sin experimentarlo; aquello que buscamos o de lo que huimos, por lo que nos esforzamos o aparece de improvisto. Somos los caminos que tomamos, al mismo tiempo que las posibilidades por las que no optamos al final, pero se convirtieron en hubieras presentes dentro del relato de nuestra vida. En realidad, cuando lo reflexionamos, somos mucho más de lo que en un momento creíamos.

Cuando se nos pide narrar aquellos puntos de inflexión que nos llevaron a donde estamos ahora, quizá se tengan bien identificadas situaciones que nos llevaron a un límite, de alegría, tristeza o enojo. Estos momentos son los que más fácil se identifican como elementos clave de lo que somos, sin embargo, las pequeñas cosas también nos conforman. La diferencia es que su presencia a veces es tan sutil, que se da por hecho. Quisiera detenerme un poco en esos detalles que suelen obviarse, a pesar de la relevancia en nuestro día a día.

Utilizaré una experiencia propia para ello. Soy una persona viajera, llevo conmigo un diario de viajes que escribo sólo cuando estoy en alguna travesía. Una entrada en él reza “no seré la misma después de ver este paisaje”. Hacía referencia a un lago cuya belleza me conmovió. Uno de los motivos por los cuales disfruto viajar, es para asombrarme por paisajes desconocidos, pero de unos años para acá, he caído en la cuenta de algo obvio, triste e increíble al mismo tiempo: el cielo es cielo en cualquier parte del planeta, las flores son flores, y las montañas son montañas. Lo entendí un día que caminaba hacia mi casa y unas flores me cautivaron, pensé de inmediato: “no seré la misma después de ver estas flores”. Y en efecto, no lo soy, porque caí en la cuenta de lo maravilloso que hay en mi rutina y que no era capaz de ver, aun cuando sí lo apreciaba en otros lugares.

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Creo que las personas actuamos de manera similar con nosotros y los otros, a quienes somos capaces de reconocer y describir, a pesar de no hacer lo mismo hacia nosotros. Nos convertimos en esas flores que están presentes en el día a día, pero que no podemos ver por estar soñando con otros jardines. No es que esté mal anhelar otros paisajes, sin embargo, hay que tener cuidado de que ese anhelo no nos impida admirar aquello que nos acompaña siempre que, pese a ser rutinario, es igual de increíble.

Reconocer lo rutinario como increíble no es hacer menos increíble lo novedoso, por lo contrario, es darnos la oportunidad de experimentar otro tipo de asombro. Conocernos no es desconocer al otro, es permitirnos verlo desde distintas perspectivas, ya que cada aspecto que nos conforma nos otorga una visión propia del mundo. ¿A qué me refiero con ello? Quienes nadan perciben el silencio de una forma particular a aquellos que se dedican a la música, y quienes hacen teatro pueden tener una percepción diferente del público de quienes se dedican a la pintura. Cada disciplina puede significar una rutina para unos, y un descubrimiento para otros.

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Así pues, ¿qué es lo que nos conforma? No sólo los puntos de inflexión o las situaciones de transición, asimismo son partes de nuestro ser los pasatiempos e intereses, aquello que compartimos y lo que callamos, los momentos de soledad, de lo que nos despedimos, lo que nos conmueve, lo que olvidamos y lo nuevo que decidimos aprender. Somos seres infinitamente complejos, ¿por qué no darnos la oportunidad de conocernos a fondo?

Para finalizar, quisiera retomar la metáfora del árbol-relato. Con el paso del tiempo, el árbol que somos continuará creciendo. Al igual que en la naturaleza, pasará por distintas estaciones, en ocasiones nos sentiremos florecer, y otras, desnudos. Empezar a reconocernos nos abre los ojos a lo inabarcable que puede ser nuestro paso por la vida, aun si pensamos que somos una persona más en un mundo de aproximadamente 8 mil millones de habitantes, y que nuestra existencia es apenas un parpadeo en el vasto universo. Para vivir al máximo, hemos de ser conscientes de lo irrepetible de nuestra esencia.

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