El científico ante los problemas del político. Una relectura de Max Weber

Por: Oziel Ramírez

El político y el científico (1919) de Max Weber es un clásico en toda regla y por eso mismo decir algo nuevo sobre él siempre es dificultoso. Al mismo tiempo, afirmar que sus premisas son y serán siempre válidas es excederse tanto como es insoslayable que sus páginas aún guardan una o dos lecciones valiosas para el estudioso de la política. Aunque para mí y otros tantos es un texto obligado, personalmente, siempre pensé en él como otro renglón en mi lista de lo más aburrido jamás hecho por la humanidad —una lista exquisitamente curada que verá la luz cuando me muera—. Pero si estoy escribiendo esto, claramente, es porque me equivoqué. La culpa es mía por dejarme llevar por las interpretaciones más superficiales de su contenido y por no hacer oídos sordos de las malas clases de metodología y de dizque temas selectos sin haberlo leído completo y con minucia primero.

Los lugares comunes dicen que este libro enseña que el buen profesional de la política es aquel que no hace de esta su negocio y que el ejercicio y estudio científico de aquella son actividades que deben estar plenamente diferenciadas toda vez que la ciencia demanda neutralidad axiológica. Weber hace afirmaciones en este sentido[1], eso no lo discuto, pero ellas no representan, en mi opinión, la piedra de toque que permite al estudioso de lo político problematizar para sí mismo el hiato que existe entre, por así decirlo, la ciencia y el arte de aquel campo, que es casi con toda seguridad la inquietud que le llevará a su consulta. Es más, a mi sacrílego parecer, para el caso específico del estudio sistemático de la política, la diferencia entre ambas actividades es de poca importancia, casi casual, ya que la frontera entre ambos quehaceres tiene que ser transgredida, no tanto por una cuestión de principios, sino porque eso demanda la profesión, al menos en sus condiciones más o menos recientes.

El politólogo, que es mi mejor ejemplo, se forma teniendo la tajante diferencia entre pensar científicamente la política y enrolarse en un partido o convertirse en funcionario como el eje fundamental que sostiene toda su deontología. Esta es una de las razones de mayor peso por las que se considera que su ámbito por excelencia es el de la asesoría política, es decir, interviniendo en la política institucional, pero sin ensuciarse las manos directamente. No obstante, lo cierto es que el politólogo no hace aquello para lo que es (supuestamente) mejor, sino que hace lo que puede[2]. La acción política suele prescindir del conocimiento de la ciencia política puesto que no le garantiza nada y, de manera simultánea, está última es susceptible de fracasar al momento de producir conocimiento útil pues no ha querido terminar de librarse de paradigmas que siguen existiendo en las academias por pura necedad. Esto es, la disciplina se encuentra estancada por seguir aferrada a la máxima positivista de que el estudio de la política sirve para revelar sus grandes regularidades y sugerir políticas que no las contradigan, de modo que puedan prosperar[3]. Sin embargo, vuelvo a recalcar, aún si aceptamos que eso es hacer ciencia, una formulación científica de la política ejecutada por especialistas no asegura eficacia.

Fuente: World History Encyclopedia.

En ese orden de ideas, pienso que vale la pena releer El político y el científico, pues no va principalmente sobre  oponer la objetividad (el científico) contra subjetividad (el político), sino de hacer las cosas con entrega y pasión, de la construcción del conocimiento como una experiencia cuya intimidad es tan honda que linda con lo místico y de la política como una forma feroz de afrontar un mundo decepcionante. O sea, argumento que el estudioso de la política que desee trazar una línea entre sí mismo y las miserias del positivismo podría enfrentar ciertos problemas del científico, pero, sin lugar a duda, en algún momento se verá confrontado por los dilemas del político profesional, sin tener que llegar a serlo necesariamente, aunque Weber no lo pensara de ese modo.

En la obra que estamos tratando, se distinguen unas condiciones externas e internas de la vida académica. Las primeras son, sucintamente, aquellas sendas inciertas que permiten a una persona vivir de la producción académica y el carácter eminentemente aristocrático y burocrático de las universidades. Las segundas, en cambio, son cuestiones de temperamento. Para hacer ciencia se requiere entrega, debido a que “Nada tiene valor para el hombre en cuanto hombre si no puede hacerlo con pasión”[4], y así mismo, disciplina. El científico, dice Weber, depende mucho del azar dado que “Para llegar a producir algo valioso en uno u otro lugar es necesario que al hombre se le ocurra algo” pero “Sólo sobre el terreno de un duro trabajo surge normalmente la ocurrencia”, en este sentido

La ocurrencia no puede sustituir al trabajo, cómo este a su vez no puede ni sustituir ni forzar a la ocurrencia, como no puede hacerlo tampoco la pasión. Trabajo y pasión si pueden, en cambio, provocarla, sobre todo cuando van unidos, pero ella viene cuando quiere y no cuando queremos nosotros[5]

Pero eso no es todo. La inspiración y el trabajo constante se necesitan en más ámbitos que la ciencia. Este quehacer no radica solo en la afortunada coincidencia entre trabajo duro y pasión para el autor, ya que, como toda otra vocación, se experimenta como un llamado que se desarrolla sobre una íntima y férrea creencia[6], que en este caso, consiste en rechazar la existencia “en nuestra vida [de] poderes ocultos e imprevisibles” y, en cambio, afirmar que “todo puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión”[7]. Para el oriundo de Erfurt, el científico moderno no puede —ni debe— intentar responder a las preguntas sobre la verdad del ser, el arte, la naturaleza, Dios ni mucho menos la felicidad[8]. En ningún momento deberá decidir cómo se debe vivir[9]. De tal suerte que está entregado al quehacer científico en cuanto tal: los resultados prácticos son secundarios para él dado que vive impulsado por la sensación de que “la salvación de su alma depende de que pueda comprobar esta conjetura y no otra alguna”[10]. El científico vive “pura y simplemente al servicio de la causa”[11].

Fuente: ICNS instituto.

Pero la ciencia social (la que está bien hecha) ya no tiene tanta fe en el cálculo y la previsión. Entonces, quien estudia la política, en particular el politólogo, se halla en una encrucijada. Si se toma en serio a sí mismo no le cabe esperar predecirla, debe considerar también la improbabilidad de vivir lujosamente de su profesión y sopesar el hecho de que sus conocimientos, tanto los útiles como los que no lo son tanto en la arena política —sea porque no se han mostrado decisivos, bien por desidia de la clase política o la sociedad civil— no son tenidos en muy alta estima[12]. Pero, si no se hace por dinero ni por prestigio (salvo por circunstancias que poco tienen que ver con cultivar bien o mal la disciplina) ¿para qué entregarse a una ciencia de la política? Me parece, como otros han sabido resolver, que la salida más digna es asumir la vocación de contribuir al refinamiento del arte de la crítica, lo cual implica, irremediablemente, una toma de posición[13], ¿quién quiere dedicarse a pensar o escribir sistemáticamente sobre política si no para intentar jalonar tan solo uno de los finos hilos de la infinita e inextricable madeja de las relaciones de poder?

Por las circunstancias arriba mencionadas, pienso, la toma de posición en la ciencia política es similar a la de la política a secas al menos en lo que respecta a la necesidad de elegir ante la irracionalidad ética del mundo, esto es que

Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines “buenos” hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedan “santificados” por el fin moralmente bueno los medios y las consecuencias laterales moralmente peligrosas[14].

Es decir, afrontar el hecho de que la causa, los medios y los fines están desvinculados, lo cual no quiere decir, ramplonamente, que los fines justifican los medios, sino que toda acción política enfrenta lo contingente. Por muy loable que sea una causa; muy científica, crítica y rigurosamente formulada que esté la estrategia para la consecución de un hermoso fin, jamás se podrá contar con que las cosas se desarrollarán según lo esperado[15]. Ante este problema, si es que verdaderamente se le hará frente, Weber invita a adoptar una combinación —queda implícito que cada quién decidirá sus proporciones— entre convicción y responsabilidad[16].

Una ética de la convicción, en su estado más puro consiste, según el autor, en obrar bien ante todo y “dejar el resto en manos de Dios”[17], hacer lo que se siente correcto sin importar las consecuencias[18], incluso si estas no transforman el mundo como se quiere. Claro, “Es cierto que la política [o su estudio] se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza”[19]. El problema con este lugar —que en mi opinión no tiene nada de radical, por inocuo— es que no es una ética de este mundo:

[…] si se es en todo un santo, al menos intencionalmente, si se vive como vivieron Jesús, los Apóstoles, San Francisco de Asís y otros como ellos, entonces esta ética si está llena de sentido y si es expresión de una alta dignidad, pero no si así no es [las cursivas son del autor][20].

La pura convicción, el obrar de manera absolutamente apegada a una máxima no es posible para los seres humanos, que somos falibles, imperfectos y volubles. Más todavía si consideramos que nuestro conocimiento, por muy bien ensamblado que esté, no tendrá nunca la última palabra sobre la bondad irrestricta de una causa.

Weber (y yo también) es partidario de que la ética de la responsabilidad representa un emplazamiento más vigoroso para remontar la cuestión en cuanto termina por ser más combativa que la anterior. En su forma más extrema, significa guiar toda la acción política en función de sus consecuencias. Por supuesto, la razón instrumental suele llevar a lo más atroz que se pueda imaginar, pero la idea weberiana de responsabilidad admite más interpretaciones, o mejor, usos. Esta “toma en cuenta todos los defectos del hombre medio”[21]. El cálculo es uno de sus principales rasgos, pero este no consiste llanamente en pensar los medios para alcanzar un fin genérico, sino que tiene la probabilidad del fracaso y sus resultados como principal orientación. Dicho de otro modo, la acción política responsable no culpará a la naturaleza del hombre, la falta de conciencia de clase (o de cualquier otra) ni a nada por el estilo de su ineficacia, pues asume de antemano que el vicio y la virtud son ineludibles en política; asume que “Quien busca la salvación de su alma y la de los demás” no debe buscarla “por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy otras, solo pueden ser cumplidas mediante la fuerza”. Y esas que el autor llama tareas se harán cumplir así, por medio de la lucha —que no dispensa en absoluto la fuerza— toda vez que existan posiciones irreductibles las unas a las otras.

Es fácil observar que un político tiene mucha más agencia que un estudioso de la política, en particular si el segundo se dedica exclusivamente a labores académicas. Por ello parecería que el primero debe tener más responsabilidad, pues sus acciones pesan sobre muchos, y por el contrario, puede parecer igualmente que el segundo se puede quedar en la pura convicción (sobre una causa o tan solo de que tiene la razón) al ser, básicamente, solo responsable de su propia persona dado que la ciencia (weberiana) se antoja solo al servicio de sí. Empero, quien produce conocimiento no puede sustraerse de los problemas del poder, ya no solo por acción, sino también por omisión. Una ciencia o ciencias de la política estancadas y acríticas son un verdadero predicamento, y en esto, una vez más, los estudiosos de la política y el político que da la cara ante la irracionalidad ética del mundo se acercan, ya que los dos serían meros diletantes pagados si la rehúyen[22]. Y en esto, precisamente, es deseable prevenir la (pat)ética del santurrón, pues nosotros y nuestras causas son mundanas. Lo valiente, lo políticamente radical, consiste en arrojarse con entrega y pasión ante un mundo que no da los frutos esperados, pues del mismo modo que el objeto no hace a la ciencia, la causa no hace a la política. Pretender que siempre se está a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo, pensar irresponsablemente que tan siquiera es posible, es pura frivolidad. Aunque hay una tercera salida: no complicarse la vida y convertirse en burócrata, quienes, cuando se conducen con profesionalidad, son encomiables y necesarios.

Fuente: TalCual.


[1] Por ejemplo, dice: “Las tomas de posición política y el análisis científico de los fenómenos de los partidos son cosas bien distintas” o “Se dice, y es afirmación que yo suscribo, que la política no tiene cabida en las aulas”.  Véase: Weber, Max, El político y el científico, 5a edición, Alianza, España, 1979, p. 211.

[2] Al parecer, la ciencia política produce más desempleados que asesores. Se pueden revisar las diversas ediciones de Compara Carreras, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en las cuales se observa que esta disciplina suele tener las menores tasas de ocupación de entre todas las profesiones analizadas por el estudio.

[3] Lo cual es de todo menos axiológicamente neutral, pues si se consultan las corrientes sociológicas y politológicas que abanderan esta postura (elitismo y realismo, principalmente) podrá verse sin gran dificultad que se tratan de combatir discursivamente al materialismo histórico, el cual, al contrario, no acepta ningún orden de cosas como dado.

[4] Weber, Max, El político y el científico, 1979, p. 192.

[5] Ibídem, pp. 192-193.

[6] Véase: Weber, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, 4a edición, Colofón, México, 2016.

[7] Weber, Max, El político y el científico, 1979, p. 200.

[8] Ibídem, pp. 201-207.

[9] Ibídem, p. 207.

[10]Ibídem 191.

[11]Ibídem 195.

[12] Pondré un caso burdo: unas elecciones se ganan con lucha y resistencia, o con billetes, no con ciencia.

[13] Y esto a mi parecer no representa una ruptura radical con Weber pues los argumentos que da para evitar los juicios de valor en la ciencia en El político y el científico están dirigidos a la práctica docente pues, al presuponer un modelo educativo dónde el alumno no puede criticar de ningún modo al profesor, le parecen un adoctrinamiento irresponsable que debe ser evitado en la medida de lo posible.  Véase: Weber, Max, El político y el científico, 5a edición, Alianza, España, 1979, p. 213.

[14] Ibídem, p.165.

[15] La persona lectora, a este respecto, podría preguntarse ¿qué fue de las grandes revoluciones populares de principios del siglo XX?

[16] Ibídem, p. 163.

[17] Ídem.

[18] Ídem.

[19] Ibídem, p. 175.

[20] Ibídem, p. 161.

[21] Ibídem, p. 164.

[22] Weber dice: “La ética acósmica nos ordena no resistir el mal con la fuerza, pero para el político lo que tiene validez es el mandato opuesto: has de resistir al mal con la fuerza, pues de lo contrario te haces responsable de su triunfo” [las cursivas son del autor] Véase: Weber, Max, El político y el científico, 5a edición, Alianza, España, 1979, p. 164.


Lista de referencias

  • Weber, Max, El político y el científico, 5a edición, Alianza, España, 1979.

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