Tecnología vampírica y la lectura. No soy un robot. La lectura en la sociedad digital

Por: David Velez

Durante mi habitual traslado en transporte público entre el trabajo y mi casa, ocurrió una situación interesante. Subieron al camión dos mujeres, una de ellas cargaba a una niña de tres o cuatro años. El camión iba lleno, pero una de ellas logró sentarse junto a mí. Al intentar pasarle a la niña para que se sentara en sus piernas, la pequeña se rehusó rotundamente a estar con alguien que no fuera su mamá. Entre llantos y pataleos, era difícil discernir si se trataba de un berrinche o simplemente del malestar acumulado tras un día lleno de gente y movimiento. Lo realmente interesante fue cómo lograron calmarla: le dieron un celular con un juego que, al parecer, la niña conocía muy bien. En cuestión de segundos, los gritos y el llanto cesaron. Este hecho me recordó el libro No soy un robot. La lectura en la sociedad digital (2024) de Juan Villoro, donde el autor señala que el usuario del teléfono es, en cierto modo, un “rehén dichoso”. Quizás la niña no sea consciente aún, pero ha comenzado su relación con las pantallas, y para las dos mujeres que le acompañaban, ese recurso resultó ser más efectivo que cualquier dulce o distracción tradicional.

Absortos en el mundo de la tecnología “vampírica”, señala Villoro en su más reciente libro, publicado por la editorial Anagrama,  que nos encontramos ante una dinámica similar a la que se tematiza en el prólogo de Drácula, escrito por Rodrigo Fresán, donde  reflexiona sobre cómo los algoritmos y los vampiros operan de manera análogar. El vampiro seduce a sus víctimas y las invita a entrar bajo su propio riesgo, un paralelismo inquietante con el funcionamiento de los dispositivos digitales y sus términos y condiciones, esos extensos textos que casi nadie lee. Al aceptar, ingresamos voluntariamente a la “morada” del mundo digital, donde la tecnología vampírica no nos drena la sangre, sino algo quizás más valioso en esta era: nuestros datos.

Tecnología vampirica. Fuente: Imagen generada con CHATGPT

De esta manera, Villoro presenta la primera parte de su libro, que se centra en una “lectura de la tecnología”. A través de sus lecturas en antropología, filosofía, sociología y filología, complementadas con su conocimiento cinematográfico y sus experiencias personales, Villoro teje una serie de argumentos que buscan explicar la tecnología digital en nuestra época. En particular, reflexiona sobre cómo estas herramientas moldean nuestra percepción de la realidad, transformando no solo nuestra forma de interactuar con el mundo, sino también cómo lo comprendemos.

La cortesía que demuestra el autor al abordar temas tan profundos y, a menudo, complejos con una claridad admirable es digna de reconocimiento. No en vano cita a Ortega y Gasset al afirmar que “la claridad es la cortesía del filósofo”[1]. Sin embargo, cabe señalar que esta claridad resulta más accesible para quienes poseen cierto bagaje en autores y obras clásicas. No sé si sea un libro para las y los más jóvenes ya que Villoro menciona que las nuevas generaciones tienen prácticas de lectura distintas, propias de un entorno digital. En este espectro, la lectura se orienta hacia imágenes, memes y videos. Somos, como él señala, la generación de la imagen, donde nuestra atención se diluye en apenas cinco o diez segundos, el tiempo que dedicamos antes de seguir deslizando en el feed de TikTok, Reels o Shorts.

La concentración, el tiempo y el esfuerzo que requieren las obras citadas por Juan Villoro para dar peso a sus argumentos no son elementos que considero comunes a todas las personas, pero sí a quienes son lectores formados. Sin ánimo de sonar pretencioso, me puse a pensar si este libro me habría gustado hace algunos años, ni siquiera en mis tiempos de preparatoria, sino durante la universidad, y mi respuesta fue que no. De hecho, creo que ni siquiera habría llegado a él. Confieso a quien lee esto que mi gusto por la lectura es una práctica relativamente reciente, de apenas unos cinco años. Antes de eso, nunca me interesó abrir un libro, ni siquiera cuando era obligatorio para la escuela. A mi yo actual, el libro le fascinó, ya que pude comprender muchas de las referencias que Villoro utiliza. Sin embargo, al leerlo, surgió en mi mente una pregunta inevitable: ¿este libro está dirigido a cualquier persona? ¿O lo está para lectores ya formados?

En la segunda parte del libro Villoro cambia la perspectiva y se centra en lo que llama “la tecnología de la lectura”. Aquí reflexiona sobre cómo las formas de leer han evolucionado a lo largo de los siglos. Por ejemplo, recupera la postura de Sócrates, quien desconfiaba de los libros al considerar que se podía depender demasiado de ellos, debilitando la memoria, que para él era la facultad más valiosa.

Otro punto que ejemplifica lo anterior es la lectura individual, esa experiencia en la que escuchamos una voz interior mientras leemos en silencio, algo que, como señala Villoro, es un fenómeno relativamente reciente. Citando a Ivan Illich y su interpretación del Didascalicon, explica que, en los primeros siglos, los textos se escribían y copiaban en grandes volúmenes pesados, lo que hacía de la lectura un acto colectivo y público. No era raro que alguien leyera en voz alta para un grupo, porque la idea de leer en soledad simplemente no existía. Sin embargo, el desarrollo de libros más ligeros y manejables abrió las puertas a la lectura individual, transformando radicalmente esta práctica. El autor también incorpora un ejemplo tomado de Victor Hugo en Nuestra Señora de París. Víctor Hugo señala que los edificios de antaño eran como “libros” que reflejaban el pensamiento colectivo de sus creadores, verdaderas bibliotecas de piedra que hablaban por la sociedad. Pero con el tiempo, esta forma de plasmar las ideas se desplazó a soportes más accesibles, como los textos escritos. Esta transición marcó no solo un cambio en cómo se preservan las ideas, sino también en cómo se interpretan y se comparten, revelando la tensión constante entre las viejas y nuevas tecnologías de la lectura.

Edificios y libros. Fuente: Imagen generada con CHATGPT

En esta segunda parte, se hace un amplio uso de referencias a novelas clásicas para explorar los cambios en nuestra forma de leer. Uno de los pensamientos más provocadores que plantea, a mi juicio, es imaginar qué sucedería si la inventiva tecnológica ocurriera en sentido inverso. Es decir, en lugar de avanzar de los libros a las computadoras, retrocediéramos de las pantallas, la realidad virtual, la realidad aumentada y la impresión 3D hacia los libros, las libretas y los lápices. ¿Cómo reaccionaríamos si el libro, tal como lo conocemos, se inventara hoy en día? Este ejercicio de imaginación nos invita a reflexionar sobre el valor intrínseco del libro en un mundo donde las tecnologías digitales predominan. En relación con este pensamiento de Villoro, debo confesar que, en cierta forma, yo ya viví esa experiencia: primero se inventaron las pantallas, amaba la televisión de casa, esas viejas teles con “cerebro”. Pero hace cinco años, se inventó el libro. Fue entonces cuando descubrí el significado de pasar una página y escuchar una voz en mi cabeza.

Invito al público que está leyendo estas palabras en una pantalla a maravillarse con la tecnología que, paradójicamente, también nos permite rebelarnos contra la “tecnología vampírica”. Leer un libro es un acto de intimidad, una experiencia que todavía se resiste a ser absorbida por el mundo digital. Claro, esto no aplica a los e-books; en ellos, la sensación es distinta. Me siento a salvo cuando una idea me provoca o me inspira, sabiendo que mi feed no se llenará de recomendaciones personalizadas para consumir más contenido relacionado.

Por ahora, la tecnología no ha alcanzado los rincones más profundos de la intimidad humana, y mientras podamos escapar del gran panóptico digital que alimenta a un ente llamado Inteligencia Artificial —un ente que, como señala Villoro, no debemos subestimar—, aún tendremos margen para cuestionarnos. Sin embargo, la creencia de que el ser humano es irremplazable se tambalea. La IA avanza a un ritmo tan vertiginoso que incluso ha comenzado a asustar a sus propios creadores. Este es el dilema: maravillarnos por el desarrollo tecnológico o temerle, sin olvidar que, por ahora, leer sigue siendo un refugio de resistencia y humanidad.

Por último, el libro invita a ser más mesurados en el uso de las pantallas y promover el hábito de la lectura. No sé si la palabra correcta sea “salvar” a las niñas y los niños que ya han sido seducidos por la vampiresca tecnología, o quizás sería más preciso decir que han sido entregados por los adultos como un recurso para calmar llantos y gritos. Ese es el desafío que tenemos delante: asumir la responsabilidad de defender nuestra humanidad. Y este libro de Juan Villoro es una invitación para reflexionar sobre nuestro futuro y sobre una tradición que nos ha otorgado una de nuestras mayores fortalezas: la lectura.

Portada del libro. Fuente: Anagrama

Las tradiciones que perduran no son las que se aferran al pasado sino las que no olvidan su futuro.


[1] Ortega y Gasset, Jose, Obras completas, Tomo IV (1926–1931), 2005. 


Referencias

Villoro, Juan, No soy un robot: La lectura y la sociedad digital, 1ª edición, Anagrama, México, 2024. 

Ortega y Gasset, Jose, Obras completas, Tomo IV (1926–1931), Taurus, 2005. 

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