Un (improbable) dialogo entre El concepto de lo político y Vinland Saga sobre la guerra.

Por: Oziel Ramírez

Pasa que cuando estoy consultando asiduamente un texto comienzo a verlo por todos lados. Hace unas semanas me volvió a suceder mientras leía El concepto de lo político en tanto, entre recomendaciones y casualidades, también comencé a ver el anime Vinland Saga. El primero es más o menos célebre —más o menos infame— por afirmar que “la distinción política específica, aquella a la que pueden reducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo”[1] en tanto el segundo es una recreación holgada de algunas sagas islandesas y acontecimientos de las disputas por las coronas inglesa, danesa y noruega en el siglo XI cuyo argumento central es “nadie tiene enemigos”. Al notar esto me pregunté si acaso era posible poner dos obras tan disimiles frente a frente sólo bajo la intuición de que el segundo, al colocar a su protagonista sobre la férrea posición política de no tomar ningún enemigo en un mundo destripado por la guerra, puede ser tan radical e intransigente como el libro según el cual ninguna acción política es tal si no le subyace la posibilidad de apuntar hacia aquel con dedo ígneo.

Fuente: Ramen Para Dos

Comencé esta comparación esforzándome por dejar mis prejuicios de lado, pues, aparentemente, el pez grande se come al pequeño.  Ciertamente el rigor y la potencia explicativa de un texto canónico de la teoría política no está al alcance de Vinland Saga, ni tendría por qué. El asunto es que los binomios me parecen sospechosos, por ello, en principio, buscaba desechar lo impenetrable y desesperanzador de la distinción amigo-enemigo a través del desconocimiento absoluto de este último. No tuve éxito, ya que no estamos frente a una encrucijada de dos vías, sino un espectro, una intensidad de carácter relacional[2]. Por tal motivo, en este momento opino que los intentos por negar completamente su vigencia como tensión de lo político vienen de lecturas superficiales y, en cambio, las mejores críticas nos llegan de los esfuerzos de la filosofía política de izquierdas por reapropiarla para seguir pensando al Estado[3]. En todo caso, con el paso de los días encontré en uno y otro dos concepciones opuestas del enemigo, casi simétricas, las cuales, se me ocurre, vale la pena comentar aquí para caer en cuenta sobre algunas complicaciones que hay al momento de tematizar la guerra.

En el anime los enemigos no son otra cosa que el objeto de la venganza. La trama se dispara cuando el protagonista, Thorfinn, emprende una aventura que le hará participar de la guerra con la finalidad de terminar con la vida del asesino de su padre. No obstante, en un momento dado decide ir por el camino de la no violencia en la medida que, como en otras historias, el conflicto se plantea como un ciclo de revanchas del cual el héroe debe sustraerse, primero a sí mismo y luego a los demás para poder resolverlo. Por otro lado, en El concepto, enemigo es “sólo un conjunto de hombres que siquiera eventualmente, esto es, de acuerdo con una posibilidad real, se opone combativamente a otro conjunto análogo”[4]. Dicha cita tiene una continuación controversial[5], pero ahora lo interesante es que el tratamiento del enemigo en uno y otro lugar es de carácter privado y público, respectivamente. Esto es visible, me parece, en el modo particular en el cual ambas obras se aproximan a principios distintos de la cristiandad.

La relación del libro y la serie con la fe no es difícil de establecer. Carl Schmitt, autor del primero, habló frecuentemente de su confesión y le dedicó no poco espacio al tema en su obra. En el caso concreto de El concepto ejemplifica la condición irremediablemente pública del enemigo a través de un análisis filológico de la máxima “amad a vuestros enemigos” y llega a la conclusión de que este mandato se queda en el puro ámbito individual pues “jamás se le ocurrió a cristiano alguno entregar Europa al Islam en vez de defenderla de él por amor a los sarracenos o a los turcos”[6]. Es decir “Solo es enemigo el enemigo público”[7], lo cual puede observarse toda vez que la “realización extrema” de la enemistad es la guerra[8], asunto completamente colectivo que, al menos durante el periodo comprendido desde Westafalia hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, le compete exclusivamente a la comunidad política cuya situación es el Estado. Volveremos a ello en breve, pero antes es menester señalar que en Vinland Saga, en todo caso, hay una problematización del deber frente a la enemistad que se encuentra atravesada por la idea de “poner la otra mejilla” pues aquella no desaparece, simplemente el protagonista no la asume, estableciendo una especie de relación de no-enemistad con un mundo en guerra. No se dice textualmente, pero es palmario cuando Thorfinn —escindiéndose de la decisión del resto de la comunidad— decide no empuñar las armas para defender un determinado territorio y en su lugar acepta ser golpeado para obtener el privilegio de dialogar con el líder de los invasores y conmover a sus huestes. Además, para ese punto de la trama, el motivo de la cruz ya ha aparecido en variadas ocasiones.

En mi opinión, la diferencia central en esto se encuentra entre la lectura clásica y moderna del enemigo, la guerra y la política en general. La tensión entre ambos niveles fue perfilada por el autor de El concepto en otro lugar a propósito de la reserva individual sobre la creencia en el milagro introducida en Leviatán[9] y su impacto en el ulterior desarrollo del Derecho y trama institucional del Estado. De acuerdo con Schmitt, Hobbes acierta cuando afirma que el Estado se encuentra en su máxima potencia cuando es capaz de ordenar a sus ciudadanos cual cosa creer y cual no, pero trastabilla al reconocer el fuero interno como fuente de la legitimidad de la creencia, es decir, cuando admite como jurídica y políticamente válida la posibilidad de observar el rito que el Estado manda al tiempo que el juicio sobre la verdad del milagro se reserva a la privacidad de la conciencia, pues desde ahí se producirá la oposición interno/externo entre individuo y comunidad[10]. Esto significa para el de Plettenberg que, si bien las viejas guerras religiosas se resolvieron cuando el Estado fue capaz de salvarse al instaurar la fe única para sí mismo[11] a partir del principio de la soberanía (Cuius egio, eius religio), la crisis de aquel quedó sellada al dejar la fuente de la legitimidad[12] del mandato estatal en la (supuesta) inalienabilidad del fuero interno[13]. Hay dos grandes interpretaciones de este espinoso pasaje: la primera y más obvia es que estamos ante una defensa del régimen totalitario, y la segunda es que la fisura que deviene crisis de la estatalidad moderna es ubicada por Schmitt en los momentos en los cuales la prelación política legada por los clásicos grecolatinos[14], en la cual lo público está por encima de lo privado, es invertida y apropiada por la ética burguesa, que fija el fundamento de la política en la suma de voluntades racionales e individualistas que tienen lugar en el contrato social.

Fuente: Mundo Deportivo

O sea, si partimos de la lectura de El concepto, en Vinland Saga la posición política frente al enemigo se encuentra ausente, porque no hay tal en la medida que su carácter no es público. Al mismo tiempo, en el segundo cabe hablar de aquel solo si aceptamos que lo hay o no como resultado de una decisión individual. Es curioso que esto determina el grado de violencia en las relaciones de enemistad en las dos obras, pues en el segundo caso el asesinato es el único resultado y en el primero esto será solo un caso excepcional ya que la política no se trataría de combatir enemigos, sino de separar con una amplia gradación a estos de los amigos haciendo visible las amenazas al modo de existencia de una comunidad política, de modo que lo moralmente aborrecible, estéticamente feo  o económicamente perjudicial no es en sí mismo hostil y viceversa[15]. Esta es una variación de relaciones políticas que, insisto, no pueden pensarse en la historia de Thorfinn.

Pienso que la narrativa del anime oscurece el carácter de la guerra y los enemigos porque en él solo resultan del odio e ingenuidad de los combatientes, así como de la ambición de los gobernantes, pero nada es tan sencillo. Los argumentos de El concepto en los que podemos apoyarnos para subrayar que el carácter de la guerra y del enemigo (y lo político, en última instancia) no se explican por deseos y querellas personales, esto es, no se deciden ni resuelven en la sumatoria de voluntades individuales, se encuentran en el protagonismo del Estado en dichos asuntos. Este no sería una agrupación humana cualquiera o acaso una asociación de asociaciones, lo cual es manifiesto, precisamente, ante las conflagraciones. Dice Schmitt que, si bien las congregaciones religiosas hacen morir a sus feligreses por la salvación de su alma, algunas familias se liquidan por honor o el capitalismo nos puede arrastrar a la inanición si no seguimos sus pautas —todos estos son asuntos privados para el autor—, solo el Estado, como estatus moderno de la comunidad política, tiene la “competencia aterradora” de poder demandar la vida en nombre de aquella entendida como totalidad, decidiendo previamente qué es y qué no es una amenaza que se debe combatir[16]; solo él, al menos mientras sea portador moderno del monopolio de la decisión política, lo hace a través del derecho a un mandato autoritario que es potencialmente extensible a todo miembro de la comunidad política a pesar de cualquier credo, sangre, estatus o contestación. Es decir, el ciudadano no decide unilateralmente si está o no en guerra, por eso  y otras cosas esta última es aterradora e injusta.

Pero la individualidad como reducto último de la resistencia, en este caso a la guerra y violencia, no es algo que para nada se pueda desestimar, pero si se debe complejizar[17]. Hace varias décadas, Bobbio afirmó la paz como una osadía al decir que “la historia nos enseña tanto que los hombres han hecho la guerra como que no la han hecho” de modo que no es necesaria, solo posible[18]. Su irrefutable argumento es que, tras Hiroshima y Nagasaki, todas las teorías políticas belicistas quedaron superadas y guardadas en el mismo cajón de las también desprestigiadas teorías de la guerra justa, ante lo cual, el desafío no es otro que el de renunciar a ella volviéndonos objetores de conciencia y también dejando de hacer teorías que justifiquen aquellas por venir y las del pasado. Thorfinn es claramente un objetor de conciencia, lo cual está bien, pero su historia falla al tematizar la guerra. Sus cómo y por qué, anclados al antagonismo extremo de la enemistad, no se aclaran desde lo personal y creo que en ese nivel tampoco se puede entender que hacer frente a ella. De ahí que, y esto es del todo interesante, cuando el hombre político por excelencia de la trama interpela al protagonista, este no pueda decir más que, mientras el primero haga avanzar la guerra, huirá, cada vez, hasta encontrar el paraíso en la tierra, dónde la violencia no podrá llegar, es decir, Vinlandia.

El concepto no quiere borrar la guerra y al enemigo: en ellos funda su concepción de lo político; Vinland Saga no podría hacerlo aún si quisiera. Estas líneas originalmente tratarían también el tema de la paz en tanto correlato de la guerra, pero me he quedado paralizado frente a la postura de Thorfinn. El llamado a las armas es un sinsentido, estoy absolutamente de acuerdo, pero la violencia (y la renuncia atomista frente a ella) no me parece, —no así, no por ahora— la cuestión decisiva entre la guerra y la paz, pues la última, potenciada por la técnica, es una violencia organizada mayoritariamente racional, por lo que abandonar rencores, ambiciones e ingenuidades probablemente no la borre junto a la enemistad, dado que existe la posibilidad de que no sea eso lo que se encuentra en juego en la decisión pública de ir a ella. Uno de los problemas importantes aquí, yo diría, es que la paz no necesariamente excluye la violencia organizada sostenida por la técnica (jurídica las más de las veces) y se puede presentar como una especie de guerra vigente pero atemperada[19] ya que, en ocasiones, queda timbrada por el derecho al ejercicio de la violencia legítima de un grupo sobre otro.

Fuente: Mundo Deportivo.


[1] Schmitt, Carl, El concepto de lo político. Texto de 1932 con un prólogo y tres corolarios, 2009, p. 56.

[2] Ibídem, pp. 56-57.

[3] Esta literatura es abundante, aunque, por ser la obra más fácil de encontrar, recomiendo: Galli, Carlo, La mirada de Jano. Ensayos sobre Carl Schmitt, 1a edición, FCE, México, 2011.

[4] Schmitt, Carl, El concepto…, op. cit., p. 58.

[5] El enemigo “Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo”, lo cual es inquietante pero preciso. Dudo que cuando los Estados invocan la enemistad quieran hablar de otra cosa. Véase: Schmitt, Carl, El concepto de lo político. Texto de 1932 con un prólogo y tres corolarios, 5a edición, Alianza, España, 2009, p. 57.

[6] Ibídem, p. 59

[7] Ibídem, pp. 58-59

[8] Ibídem, p. 63

[9] Véase: Hobbes, Thomas, Leviatán o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, 16a edición, FCE, México, 2017.

[10] Schmitt, Carl, El Leviatán en la doctrina del Estado en Thomas Hobbes, 2008, pp. 125-127.

[11] Esta no es principalmente una cuestión de ideologías en disputa o tensiones entre tolerancia e intolerancia. La cuestión nos ayuda, al menos en parte, a comprender la eliminación de algunos reductos feudales problemáticos para la instauración del Derecho estatal moderno (y de Gentes) que estuvieron vigentes hasta el barroco, pues dicha estrategia buscó bloquear el derecho de resistencia al interior del Estado (circunscribiéndolo a la invasión) y con ello menguar la posibilidad de hacer guerras de religión, pues a partir de ahí el Estado sería el único conocedor del derecho a la guerra.

[12] Vale la pena aclarar que Schmitt, al ser un pensador con una fuerte impronta clásica, no piensa la legitimidad como lo hacían sus contemporáneos inspirados por el positivismo jurídico, es decir, en una relación de identidad con la legalidad. En su lugar tiende a deducirla del nexo protección-obediencia.

[13] Schmitt, Carl, El Leviatán en la doctrina…, op. cit., pp. 124-125.

[14] Esta puede ser observada, como ejemplo interesante, en las consideraciones de Cicerón sobre el amigo. En cuanto señala las que según él son las leyes de la amistad, podemos notar que el amor y la solidaridad inquebrantables que hay en ella quedan suspendidas cuando el deber hacia Roma así lo exige. Es decir, entre la patria y el amigo, Cicerón escoge la primera.

[15] Schmitt, Carl, El concepto…, op. cit., p. 57.

[16] Schmitt, Carl, El concepto…, op. cit., pp. 73-75.

[17] Esta es una discusión muy erudita que se escapa de mis manos, no obstante, soy consciente de que un punto de partida fundamental para tratar el tema puede encontrarse en el mapeo de los puentes y fracturas que hay entre el Leviatán de Hobbes y el Tratado teológico-político de Spinoza.

[18] Bobbio, Norberto, Los problemas de la guerra y las vías de la paz, 1999, p. 42.

[19] Véase: Foucault, Michel, Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976), 2a edición, FCE, México, 2001.


Lista de referencias

  • Bobbio, Norberto, El problema de la guerra y las vías de la paz, 1a edición, Altaya, España, 1999.
  • Schmitt, Carl, El concepto de lo político. Texto de 1932 con un prólogo y tres corolarios, 5a edición, Alianza, España, 2009.
  • Schmitt, Carl, El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes, 1a edición, Fontamara, México, 2008.

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