Un día a la vez

Por: Rubén Méndez Torres

De los muchos recuerdos que tengo al llegar a la Ciudad de México, conservo particularmente uno que parece algo superfluo, a saber,  cuando fui por primera vez a la Casa de Toño. La idea era comer un pozole en uno de los establecimientos más populares de la Ciudad. Yo estaba entusiasmado por ir ya que el pozole es de mis platillos favoritos. Al llegar, vi la fila enorme de personas esperando por un lugar. Una vez dentro, observé la carta inmensa en la mesa. Me preguntaron si quería guacamole, y yo obvio lo acepté; en Oaxaca te lo regalan, no pensé que aquí me lo fueran a cobrar: mi acompañante me lo explicó después. Observé que quienes atendían las mesas corrían y gritaban. Todo era muy rápido. No demoraron en traer mi comida. Pero ver esa escena se me hizo muy extraño, al igual que comer así de rápido. Casi no tuvimos tiempo de platicar, porque era un día muy concurrido y requerían espacios. 

Esta breve anécdota esclareció mi vida adulta. Sí: aquella experiencia en Casa de Toño me hizo creer que el tiempo es extremadamente valioso y perderlo resulta en muchos costos. Cuando cumplía años en Oaxaca, pedía que se preparará pozole. Es más, casi no lo comíamos porque lo considerábamos un platillo especial para festejar. Pero, en la CDMX me di cuenta de que era posible tenerlo en el momento que quisiera, a un precio accesible y con una rapidez impresionante. Sin embargo, algo cambió. Ese pozole no sabía especial. Sí, estaba rico, pero no sabía especial. 

A esto lo he denominado “La analogía del pozole toño”. Y se refiere a cómo, al conseguir algo de forma tan fácil, sin implicar sentimientos, emociones o un valor, más allá del producto, hace que este no se sienta especial. Dicha analogía, se siente como nos ha ido consumiendo como sociedad joven conforme pasan los años de la vida adulta. No se trata de que las cosas nos deben costar mucho, o implicar que sean difíciles de alcanzar para que nos sepan. Es el hecho de que nos la pasamos todo el tiempo corriendo, que no nos detenemos a degustar cada aroma, sabor, emoción, sensación, percepción (y todo lo que termina en ción) de las cosas.

Fuente: autoría propia

Se trata de combatir todas esas ideas que nos implantaron sobre que el éxito se encuentra en la rapidez. Ellas nos hacen correr porque el tiempo para alcanzarlo se agota. Que al salir de la licenciatura ya debes tener un buen puesto de trabajo y a la par estudiar un posgrado. Que tu licenciatura sin título no vale, que si no lo lograste con tesis no cuenta. Que si hiciste una maestría y no piensas en el doctorado es por mediocridad. Y bueno, un sinfín de metas que nos imponen y que nunca se terminan. ¿Por qué? Porque no sabemos a quién le tenemos que entregar resultados. ¿A nuestros padres o madres? ¿Amistades? ¿Una retribución a la universidad que nos otorgó estudios? ¿A quién? ¿Quién nos va a premiar? 

Solo nosotres. De nosotres depende la satisfacción de disfrutar lo que hacemos, lo que somos, lo que decimos, en dónde estamos y con quienes. Parece obvio, pero hasta no asumirlo, no podremos desprendernos de esta sensación de que el éxito se nos escapa de las manos conforme pasan los años. Nos han hecho creer que llevar cuatro años en el mismo puesto y mismo lugar está mal. No importa si eres feliz haciendo lo mismo por tantos años, sino lo que importa es la billetera, el puesto, el poder. Eso nos han hecho pensar. 

¿Cómo es posible que tengas 30 años y no has ido a París? ¿Cómo que terminaste la licenciatura hace 3 años y no has hecho la maestría? ¿27 años y aún vives con tus padres? Y bueno, un sinfín de supuestas obligaciones que quieren cargar sobre nuestros hombros. Es importante tener en mente que avanzar no siempre es bueno, porque no podemos garantizar que eso que hay más adelante sea adecuado para nosotres. Podemos avanzar y caer en un barranco. Y claro, tampoco está mal que alguien haga estudios de posgrado o busque un ascenso en el trabajo, pero tampoco está mal no hacerlo. 

Podemos ser felices haciendo muchas cosas, o haciendo solo una. La felicidad no debería medirse conforme a los productos que tengamos, sino por la satisfacción que sintamos con lo que hacemos y somos. No se trata de sacar 20 pozoles en media hora, sino disfrutarlo y percibir su sabor. Corremos y corremos todo el tiempo para alcanzar la perfección, para satisfacer a los demás. Incluso, renunciamos a nuestras tareas, gustos o decisiones, por querer que las demás personas estén contentas. Pasamos a segundo plano, y después a tercero y así consecutivamente. Nos olvidamos de aquello que queremos y nos hace sentir bien.  

Fuente: Toa Heftiba

Creemos que somos nuestro empleo, nuestra escuela, nuestra vida perfecta, pero no. Somos lo que nos apasiona, lo que nos mueve, lo que nos hace soñar. Eso es lo que nos da vida. Y sé que puede parecer una plática de coaching, en donde se menciona que “tú puedes ser feliz si así lo quieres, ve y renuncia a ese trabajo de oficina”, no, no es eso. Es sentir que cada día puede tener un toque especial. Por muy pequeño que sea. Podemos cambiar la vida de alguien, pero sobre todo la nuestra con detalles simbólicos que impactan en el estado de ánimo. 

La rutina no es mala, eso hay que tenerlo presente. Nos costó mucho poder sentirnos en un espacio seguro, cómodo y en paz como para querer alterarlo por un simple cumplimiento de las expectativas sociales. Y ni así: la rutina no es estática, necesita de agentes nuevos para resolver diferentes problemas que se presentan, retos de la cotidianidad. Nadie debe empujar a otras personas, ni recriminarles por sus movimientos. Lo importante es que las decisiones que tomemos, sean significativas para nosotres; que impliquen que hay un deseo detrás de ellas. 

Lo más sencillo de esta vida puede ser especial. Comer, dormir, hacer el desayuno, trabajar, estudiar, sacar a pasear a tu perrito, y más cosas pueden tener un ámbito diferente de percibir el mundo. En mi caso, si un día no tomo café, siento un vacío. Y no solo por la falta de cafeína en mi cuerpo, sino porque mi rutina se nutre de este acto. Si un día no escucho música, bueno, eso ni siquiera lo he pensado, ¡jamás lo permitiría! 

Nadie es perfecto. Nadie puede con todo. No somos superhumanos para lograrlo todo. Es más, las películas nos han demostrado que elles tienen muchos problemas que ni con supuerpoderes pueden resolver. Todas las personas pasamos por momentos difíciles, problemas, angustias. Pero no se trata de una carrera. De ver quién sufre más y quien menos. De creer que nuestros problemas no se comparan con el de alguien más. No, nuestros problemas necesitan de nuestra atención, sin importar el esfuerzo que implique. Pero sin forzarnos a resolverlos por cuestiones de tiempo o expectativas. 

Fuente: Natalia Blauth

Todo es gradual. Es un largo proceso de discernimiento, de fortaleza, de aprendizaje y crecimiento. Saber que hemos avanzado sin importar la distancia hace que los días sean más fluidos. No se acaban los problemas, pero no permitamos que los problemas acaben con nosotres. Nuestros seres querides nos ayudarán; nuestras amistades, el apoyo que hemos construido en redes y la familia son el acompañamiento necesario para que no decaigamos. Seamos ese espacio seguro que necesita el mundo, y no la obligación de expectativas sobrevaloradas. Todes necesitamos un abrazo que nos haga sentir que no estamos en soledad. 

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