Por: David Velez
En las últimas semanas, han circulado varios contenidos derivados de un artículo[1] que me dejó pensando sobre el mundo detrás de las pantallas. El texto habla de una nueva desigualdad que ya no se mide solo en términos económicos y sociales, sino en la capacidad de concentrarse, leer y sostener una vida más allá de lo digital. ¿Qué significa hoy vivir detrás de una pantalla? ¿Acaso estamos atrapados únicamente en una matrix de algoritmos –redes sociales, buscadores e inteligencias artificiales–?
Defiendo lo digital porque lo habito: foros como Discord, Reddit, Roblox, TikTok o Telegram; son parte de mi cotidianidad. Pero también leo, puedo concentrarme y moverme entre los dos mundos. Considero que lo digital no se reduce a pantallas o en este caso dispositivos que puedan llegar a mostrar aspectos banales de la vida humana. Lo digital es un territorio complejo donde conviven la manipulación algorítmica y noticias falsas, pero también solidaridad, creatividad y vínculos inesperados. Sí, a veces parecemos zombis con un celular en la mano en el transporte público o en otros lugares, pero lo digital puede convertirse en terreno de construcción y resistencia.

Detrás de la pantalla. Fuente: Imagen generada por el autor con Gemini 2025.
No todos lo ven así. Para muchas personas lo digital sigue siendo un sinsentido. Les parece absurdo asistir a un concierto en Roblox, sentir que se tienen amigos en un foro de Reddit o encontrar comunidad en un videojuego. Ven el scroll interminable de TikTok —con bailes, anécdotas y trends— como algo banal y efímero. La cuantificación de la vida en seguidores, reacciones y vistas suele interpretarse como vacío. Pero, ¿realmente lo es? El conflicto aparece cuando lo digital se concibe como encierro, mientras lo tangible se eleva como lo único verdadero, como si el valor solo pudiera habitar en lo que se toca. Y, sin embargo, la experiencia cotidiana muestra lo contrario: las pantallas ya no son solo un lugar desde donde podemos escapar del mundo, sino parte de la forma en que lo habitamos.
Lo pienso en retrospectiva. De adolescente, entre los años 2012 y 2015, mi madre y mis profesores repetían que los videojuegos o la computadora eran una pérdida de tiempo y nunca me darían un trabajo. Curiosamente, hoy vivo de ello. Esa contradicción revela algo importante: no podemos categorizar a lo digital como algo “bueno” ni “malo” en sí , sino que incomoda porque obliga a reconocer diferentes y nuevas formas y estilos de vida; inscritas en un capitalismo de la vigilancia y de los datos, sí, pero que también permiten imaginar otras lógicas de conocimiento, saberes y comunidad.
Aquí es donde conviene matizar con la evidencia y detenerse en la relación entre pensar y uno de sus motores principales: la lectura. Algunos estudios sugieren que la comprensión lectora disminuye cuando se leen textos extensos en pantalla y que la navegación rápida debilita la lectura profunda[2]. Sin embargo, revisiones sistemáticas concluyen que, en muchos casos, no hay diferencias significativas entre la lectura en papel y en digital[3]. La ventaja del papel se acentúa en textos largos o en lectores menos hábiles[4], mientras que la competencia lectora previa predice el desempeño en ambos soportes[5]. Un informe del Instituto Noruego de Salud Pública de 2024, sostiene que la evidencia disponible es insuficiente para afirmar que las pantallas afecten de manera positiva o negativa el desarrollo cognitivo[6]. Esta complejidad demuestra que atribuir la “pérdida de pensamiento” al uso de dispositivos inteligentes es un reduccionismo.

Lectura y lectura digital. Fuente: Imagen generada por el autor con Gemini 2025.
Tampoco puede ignorarse que la desigualdad cognitiva no surge de la tecnología en sí, sino de las condiciones materiales y culturales. Estudios sobre la economía de la atención plantean que la capacidad de autorregularse y filtrar distracciones está ligada al nivel socioeconómico y al capital cultural[7]. Quienes disponen de tiempo, espacios tranquilos y entrenamiento en habilidades de concentración pueden navegar mejor entre mundos; quienes no, son más vulnerables a ser consumidos por el flujo digital. La brecha no está en los dispositivos, sino en las condiciones que permiten apropiarse de ellos.
Por eso, cuando hablo de lo digital no me refiero solo a un consumo pasivo de contenidos digitales frente a una pantalla, sino a otra manera de habitar el mundo. Debemos ser conscientes de sus riesgos —el sesgo de los algoritmos, la información falsa, los discursos de odio—, pero también reconocer su potencial para crear nuevas formas de vida. Lo digital, igual que la calle, es un espacio donde se negocia identidad, poder y sentido. Y como en Nepal, la generación Z, -los que hacen bailes en TikTok y comparten cosas de anime-, usaron esas mismas herramientas para debatir el rumbo de su país en Discord ante la destitución del primer ministro[8].
Investigaciones sobre TikTok durante la pandemia muestran que la creación activa de videos se asocia con mayor bienestar y que la plataforma funciona como espacio de juego, memoria y colaboración[9]. Incluso los memes, a menudo descalificados como banalidades, pueden funcionar como herramientas para construir identidad y ofrecer marcos de interpretación[10]. El caso de Nepal, muestra lo anterior; la movilización digital evidenció cómo manifestaciones —con trends juveniles en los que se bailaba con el Parlamento en llamas de fondo— pueden operar como prácticas performativas que articulan lo digital y lo real, convirtiéndose en formas emergentes de acción colectiva y resignificación política.
Este y otros acontecimientos, me han hecho reflexionar y descubrir que mi identidad —como, tal vez, la de muchos de mi generación[11]— se ha tejido en gran parte con actos digitales: videojuegos, K-pop, anime, cómics, memes, la deep web, Wplace. Sí, pertenezco a un territorio físico, pero también me atraviesa esa otra capa digital-viral que moldea cómo entiendo el mundo. Y aquí está la paradoja: aquello que para muchos es caos —redes, memes, flujos infinitos de información— para mí ya no lo es. Lo rígido está afuera; lo digital, en cambio, se mueve, muta, se reinventa. Esos espacios digitales no son accesorios de la vida, sino entornos constitutivos que moldean cómo pensamos, nos relacionamos y construimos realidades.

Nepal y tiktok. Fuente: Imagen generada por el autor con Gemini 2025.
Entonces surge la pregunta que originó este texto: ¿pensar se está convirtiendo en un lujo? En parte sí, pero no porque tengamos menos capacidad intelectual. El contexto saturado de estímulos, notificaciones y scrolls infinitos dificulta las condiciones materiales y emocionales para sostener un pensamiento crítico[12]. Leer con atención o escribir una reflexión larga se vuelve casi contraintuitivo, y por eso mismo más valioso. Pero reducir esta tensión a “las pantallas nos roban el pensamiento” oculta que la desigualdad cognitiva está vinculada a factores estructurales y a la falta de alfabetizaciones digitales[13].
Así que la cuestión no es si leer y concentrarse es la única forma válida de entender el mundo. Claro que es una práctica indispensable y debe defenderse, pero no es exclusiva. Entender el mundo también implica navegar imágenes, ritmos, IA, voces y formatos híbridos. Las plataformas no cancelan la posibilidad de pensar: reformulan el cómo y el dónde se piensa. La multiplataformidad nos exige nuevas alfabetizaciones —visuales, algorítmicas, de datos— y una crítica situada que nos ayude a discernir cuándo cultivamos pensamiento y cuándo simplemente somos consumidos por la lógica de las plataformas[14]. En fin, lo digital no significa el fin del pensamiento, sino su reconfiguración. Todo depende de cómo habitamos estos espacios, qué estrategias adoptamos y qué vínculos sostenemos en medio del ruido. Pensar hoy es aprender a moverse entre mundos: del libro al meme, de la lectura lenta al video viral, de la filosofía al algoritmo, de la calle al servidor digital. De ahí la importancia de mantener una mirada crítica frente a los discursos sensacionalistas que anuncian que las pantallas, la IA o la tecnología acabará con nuestra capacidad de pensar o, por el contrario, que la potenciará sin límites. Entre el silencio necesario para reflexionar y la exposición al ruido digital, se abre un desafío: romper la burbuja algorítmica que confirma nuestras propias visiones del mundo y atrevernos a habitar la complejidad, donde el pensamiento no se extingue, sino que se reinventa.
[1] Harrington, Mary, “Pensar se está convirtiendo en un lujo”, en The New York Times en Español, [en línea], 30 jul. 2025.
[2]Howard, Steven, “Educational Screens in Classrooms Do More Harm Than Good”, [en línea], en Newsweek, 17 abr. 2024.
[3] Peras, Igor; Klemenčič Mirazchiyski, Eva; Japelj Pavešić, Barbara y Mekiš Recek, Žiga, “Digital versus Paper Reading: A Systematic Literature Review on Contemporary Gaps According to Gender, Socioeconomic Status, and Rurality”, [en línea], en European Journal of Investigation in Health, Psychology and Education, 2023, p. 1986.
[4] Ídem.
[5] Ibídem, p. 1991.
[6] Norwegian Institute of Public Health, Screen use and children and adolescents’ emotional, cognitive and motor development, [en línea], 2024.
[7] Kärki, Kaisa, “Digital Distraction, Attention Regulation, and Inequality”, [en línea], en Philosophy & Technology, vol. 37, no. 8, 2024, p. 1.
[8] Baskar, Pranav, “La prohibición de las redes sociales en Nepal trasladó la política a una sala de chat”, en The New York Times en Español, [en línea], 12 sep. 2025.
[9] Conte, Giulia; Di Iorio, Giorgia; Esposito, Dario; Romano, Sara; Panvino, Fabiola; Maggi, Susanna; Altomonte, Benedetta; Casini, Maria Pia; Ferrara, Mauro y Terrinoni, Arianna, “Scrolling through adolescence: a systematic review of the impact of TikTok on adolescent mental health”, [en línea], en European Child & Adolescent Psychiatry, 2024, p. 1513.
[10] Kärki, Kaisa, op. cit., 9.
[11] Debo reconocer que me encuentro en una especie de “zona gris” generacional. Nací en 1998, y mientras algunas clasificaciones me colocan como Millennial, otras me ubican en la Generación Z. Esa ambigüedad me genera cierta confusión, porque no sé con claridad a qué grupo pertenezco: crecí con referentes analógicos como la televisión abierta o los primeros celulares, pero también con prácticas digitales propias de la Gen Z, como foros, videojuegos en línea o redes sociales. Tal vez no importe tanto la etiqueta, sino asumir que vivo en el cruce de ambas experiencias.
[12] Kärki, Kaisa, op. cit., 13.
[13] Ídem.
[14]Conte, Giulia, op. cit., p. 1515.
Referencias
Baskar, Pranav, “La prohibición de las redes sociales en Nepal trasladó la política a una sala de chat”, en The New York Times en Español, [en línea], 12 sep. 2025, consultado en: https://www.nytimes.com/es/2025/09/12/espanol/mundo/nepal-protestas-discord.html
Conte, Giulia; Di Iorio, Giorgia; Esposito, Dario; Romano, Sara; Panvino, Fabiola; Maggi, Susanna; Altomonte, Benedetta; Casini, Maria Pia; Ferrara, Mauro y Terrinoni, Arianna, “Scrolling through adolescence: a systematic review of the impact of TikTok on adolescent mental health”, [en línea], en European Child & Adolescent Psychiatry, vol. 34, no. 5, 16 oct. 2024, pp. 1511–1527, consultado en: https://doi.org/10.1007/s00787-024-02581-w
Harrington, Mary, “Pensar se está convirtiendo en un lujo”, en The New York Times en Español, [en línea], 30 jul. 2025, consultado en: https://www.nytimes.com/es/2025/07/30/espanol/opinion/ninos-celulares-moviles-television-leer.html
Howard, Steven, “Educational Screens in Classrooms Do More Harm Than Good”, [en línea], en Newsweek, 17 abr. 2024, consultado en: https://www.newsweek.com/educational-screens-classrooms-do-more-harm-good-opinion-1953468, 20 sep. 2025.
Kärki, Kaisa, “Digital Distraction, Normative Agency, and Social Class”, [en línea], en Philosophy & Technology, vol. 37, no. 8, 2024, pp. 1–16, consultado en: https://doi.org/10.1007/s13347-024-00698-z,
Norwegian Institute of Public Health, Screen use and children and adolescents’ emotional, cognitive and motor development, [en línea], 2024, consultado en: https://www.fhi.no/en/publ/2024/Screen-use-and-children-and-adolescents-emotional-cognitive-and-motor-development/
Peras, Igor; Klemenčič Mirazchiyski, Eva; Japelj Pavešić, Barbara y Mekiš Recek, Žiga, “Digital versus Paper Reading: A Systematic Literature Review on Contemporary Gaps According to Gender, Socioeconomic Status, and Rurality”, [en línea], en European Journal of Investigation in Health, Psychology and Education, MDPI, no. 10, vol. 13, 2023, pp. 1986–2005, consultado en: https://doi.org/10.3390/ejihpe13100142

