“La historia entre las letras: espacios de resignificación del dolor”

Por: Guadalupe Ortiz

Este texto proviene de una reflexión hecha en una visita reciente por las principales avenidas de la capital de nuestro país. La Ciudad de México  alberga una gran cantidad de monumentos históricos que en diferentes momentos han sido intervenidos por grupos organizados de personas sobrevivientes de algún tipo de violencia o bien, familiares que claman justicia para quienes salieron un día de casa y simplemente no volvieron más; siendo víctimas de diversos crímenes, a quien el sistema judicial les dio la espalda.

Fuente: pie de página

El hecho de presenciar una cantidad indefinida de mensajes y nombres de mujeres en las vallas que se han colocado para “proteger” los monumentos históricos de estos actos[1], generó un gran impacto en mí por dos razones. La primera de ellas está relacionada con el impacto de ver esos símbolos en vivo y poder leer esos nombres a escasos metros; pues a pesar de saber de la existencia de esas pintas y haberlas visto en medios de comunicación y redes sociales, observar con detenimiento, me generó una sensación de vacío en mi cuerpo, acompañada de enojo, frustración y tristeza.

La otra razón y en la que quiero profundizar en este espacio, tiene que ver con el significado de esa forma de protesta social y sus implicaciones. Hay un aspecto primordial e inmediato que salta a la vista: son nombres de personas, de humanas que tenían una familia, una historia, un hogar, que eran amigas, profesionistas o compañeras de trabajo, quizá parejas, tías, estudiantes o vecinas y que hoy ya no están. Personas como la que lee estas líneas o como yo, que se esfumaron ante los ojos de quien sabe cuántas personas, pues no hay que olvidar que cuando una mujer desaparece o es asesinada, fallamos todos y todas, falla la sociedad y sus instituciones y sus sistemas de justicia y seguridad pública.

Fuente: Reforma

De igual forma, me detengo a pensar en aquellas mujeres que podrían estar experimentando violencias en sus diferentes manifestaciones y niveles en todo momento. En el país, a más de 10 mujeres les arrebatan la vida todos los días y las preguntas siguen siendo las mismas: ¿quién?, ¿por qué?, ¿para qué?. En este momento, mientras yo escribo esto y alguien lo lee, alguna mujer puede estar en cualquier recóndito lugar de este México lastimado, luchando por su vida, anhelando vencer a su agresor para volver en pie al lugar en que alguien la espera con ansias.

Es en este sentido que la iconoclasia, entendida como un acto performativo que consiste en la modificación o “destrucción” de sitios y monumentos históricos, se convierte en un recurso simbólico para evidenciar que a esas mujeres muertas o desaparecidas no se las olvida; y que hay alguien que exige justicia para ellas, además de ser una herramienta más para intentar procesar y asimilar una pérdida de esas que no se pueden dimensionar, de esas que rasgan los más profundos espacios de la psique humana.

Fuente: 24 horas

Ante esta compleja situación, nos corresponde seguirnos cuidando y cuidando de las nuestras, además de hacer de la empatía, una bandera con la cual movernos en la vida y con las personas. Cierro esta reflexión, con la estrofa de una canción interpretada por Renee Goust, que recuperó por ser una postal de los hechos a los que día con día debemos hacer frente las mujeres y que nos hace pensar constantemente: “querida muerte, no vengas hoy”.

“Mi madre me decía ten cuidado
Mejor no andar de noche por las calles
Y fíjate muy bien que cualquier trago que te tomes
Te lo sirvan cuando estés ahí delante
A mis hermanos no sé qué les dijo
No sé si le mortifique
Que alguna mujer los mate”


[1] Que en muchos casos han sido considerados como “vandalismo”, pero cuya denominación correcta es iconoclasia.

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