La lengua como campo de batalla: Los disfraces de la muerte

Por: Edder Tapia Vidal

Los disfraces de la muerte, la reciente novela de Mikel Ruiz publicada en 2024 por el Fondo de Cultura Económica, sumerge al lector en el convulso Chiapas durante la Revolución Mexicana. Con una trama absorbente, la obra sitúa en el centro de su narrativa la figura de Jacinto Ik’alnabil, un líder indígena tsotsil cuya existencia se ve marcada por la injusticia y la opresión propias de un periodo de profundas transformaciones sociopolíticas. Ruiz no se limita a reconstruir un momento crucial de la historia regional, sino que evoca la compleja realidad de las comunidades indígenas inmersas en un conflicto donde, desde el ámbito literario, su papel fue frecuentemente relegado a un rol marginal y, por ende, excluido del imaginario nacional de la Revolución y la posterior ficción regionalista.

Mikel Ruiz. Fuente: Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

La novela constituye una profunda reflexión sobre la visibilización por parte de individuos y comunidades subalternas en un contexto histórico signado por la opresión. Lejos de ofrecer una mera crónica de eventos, Ruiz profundiza en la psique de sus personajes, explorando sus miedos, esperanzas y la voluntad de preservar su identidad frente a la embestida de un mundo que los margina y deshumaniza. La confrontación lingüística entre el español dominante y la presencia viva del tsotsil se erige como un eje vertebrador de una narrativa que interpela al lector sobre las complejidades de la alteridad y la persistente lucha por la visibilización y la justicia.

La diégesis de Los disfraces de la muerte se articula en torno a la trágica peripecia de Jacinto Ik’alnabil, cuyo viaje desde su comunidad tsotsil a Jobel —motivado por las celebraciones del Día de Muertos— se convierte en el detonante de una serie de injusticias que culminan en su arbitraria aprehensión. A través de este hilo conductor, Ruiz expone con crudeza la brutalidad inherente al poder militar y los arraigados prejuicios raciales que caracterizaron el contexto revolucionario en Chiapas, y por extensión, otros territorios de México. La novela entrelaza la memoria de un pasado marcado por la opresión histórica y la violencia sistémica con la despiadada realidad del presente, donde las promesas de la revolución parecen desvanecerse ante la persistencia de las estructuras de dominación.

Un aspecto fundamental de la obra reside en el tratamiento del lenguaje como elemento central en la representación de la alteridad y el poder social. Ruiz construye un espacio narrativo donde la confrontación entre el tsotsil, la lengua indígena de Jacinto y su comunidad, y el español dominante se erige como un reflejo de las tensiones culturales y las asimetrías de poder. La inclusión estratégica de términos tsotsiles, frecuentemente sin traducción inmediata, sitúa al lector en una posición de extrañamiento que subraya la distancia cultural y lingüística, mientras que el glosario final funciona como un umbral hacia la comprensión de una cosmovisión diferente. Esta elección narrativa, lejos de ser únicamente ornamental, se establece como una estrategia para desafiar la hegemonía lingüística y afirmar la validez de la lengua indígena como portadora de una rica tradición cultural.

Por otro lado, Los disfraces de la muerte se distingue por su enfoque profundo y sensible hacia la subjetividad indígena, particularmente en la representación de Jacinto, quien encarna una resistencia frente a la violencia estructural, y de su hijo Pedro, cuya confusión y angustia reflejan la tragedia de enfrentarse a un mundo ajeno y hostil. Ruiz construye personajes complejos que no son víctimas pasivas ni héroes románticos —stricto sensu—, sino sujetos que luchan por preservar su dignidad en medio de tensiones sociales y culturales. Este tratamiento representa un giro propositivo frente a la ya tradicional literatura de la Revolución Mexicana, la cual ha tendido a centrarse en figuras mestizas o criollas y a marginar a las voces indígenas, presentándolas como carentes de auténtica identidad o protagonismo. Al situar la experiencia tsotsil en el núcleo de la trama, Ruiz descentraliza la historia oficial y aporta una mirada desde los márgenes, esos lugares donde se revelan resistencias silenciosas y formas alternativas de comprender la revolución. La novela ofrece una contranarrativa que cuestiona el relato homogéneo del Estado-nación. Uno de sus mayores logros es la visibilización de comunidades históricamente marginalizadas que rara vez han sido protagonistas del canon literario desde un enfoque intimista.

Fuente: Fondo de Cultura Económica

A diferencia de otros textos indigenistas del siglo XX que adoptan una mirada idealizante —folklorizando la cultura indígena o presentándola como un vestigio del pasado—, Los disfraces de la muerte aborda las relaciones interétnicas con una perspectiva crítica, sin idealizar los estereotipos. En este sentido, la obra se alinea con propuestas contemporáneas que defienden la autodeterminación lingüística y cultural, no sólo la de los pueblos originarios, sino la de cualquier individuo o grupo social. Del mismo modo, Ruiz incorpora el tsotsil no sólo como elemento identitario, sino como parte del tejido narrativo que construye sentido desde una cosmovisión propia.

En cuanto al panorama de la literatura mexicana, este libro entabla, a mi parecer, un diálogo significativo con dos referentes: en primer lugar, la obra de Rosario Castellanos, autora fundamental en la exploración de las dinámicas sociales en Chiapas. Un antecedente directo, por su inmersión en la lucha indígena y la confrontación cultural en la región, aunque ambientada unas décadas después, durante el proceso de la reforma agraria de Lázaro Cárdenas, es Balún Canán (1957). Esta novela narra los enfrentamientos entre indígenas y terratenientes ladinos en el mismo estado de Chiapas, evidenciando las profundas raíces históricas de las tensiones que persisten incluso durante un periodo de intento de transformación social. La similitud en el enfoque temático, centrado en la perspectiva indígena y la denuncia de la opresión, establece un diálogo intertextual significativo entre ambas obras, a pesar de la distancia temporal y del contexto político específico de cada una. Asimismo, comparte un vínculo temático relevante con Ciudad Real, el primer libro de cuentos Castellanos, publicado en 1960. Ambientado también en el crisol de tensiones étnicas y sociales de los Altos de Chiapas en la época posterior a la Revolución Mexicana, los relatos de Ciudad Real exploran las ásperas relaciones entre ladinos y los pueblos indígenas, un tema central que resuena con la confrontación y la injusticia que experimenta Jacinto Ik’alnabil. Temática cercana a la abordada más adelante en la novela Oficio de tinieblas (1962).

En segundo lugar, aparece lo que el crítico estadounidense Joseph Sommer llamó “el ciclo de Chiapas”, selección que incluye las obras Juan Pérez Jolote (Ricardo Pozas, 1948), El callado dolor de los tzotziles (Ramón Rubín, 1949), Los hombres verdaderos (Carlo Antonio Castro, 1959), Benzulul (Eraclio Zepeda, 1959), La culebra tapó el río (María Lombardo de Caso, 1962), además de las tres de Castellanos. Su importancia, de acuerdo con la autora de Balún Canán, radica en su aporte, como afirma al referirse a Juan Pérez Jolote:

En estas páginas se lograban dos aciertos muy valiosos: la objetividad del tratamiento y la individualidad del personaje. ¿Indio? Sí. ¿Extraño para nosotros? Sí. Pero, en última instancia, en lo esencial, un hombre como cualquier otro. En algunos momentos privilegiados, una persona como la que, a veces, llegamos a ser. Y en el instante de la decisión, un mexicano.[1]

Aunque no necesariamente fuentes literarias directas, la exploración de la compleja vinculación social en un contexto chiapaneco post-revolucionario establece un evidente parentesco temático entre estas obras, seña de una preocupación constante por las heridas históricas y las persistentes desigualdades en la región. El público lector deberá reflexionar: “¿por qué escribir y leer sobre esto en el siglo XXI?”

Fuente: TripAdvisor

Es imperante resaltar que, debido a su enfoque descentralizador de la narrativa revolucionaria y su compromiso con la representación de la alteridad, esta novela resulta particularmente pertinente para lectores interesados en las dinámicas étnicas y políticas de México, así como en la capacidad de la literatura para dar voz a las historias silenciadas y a las perspectivas subalternas. La obra invita a una reflexión profunda sobre las complejidades del contacto cultural, la persistencia de la resistencia indígena y el legado de la opresión en la construcción de la identidad nacional.

Así, el contenido de Los disfraces de la muerte genera un impacto significativo en la comprensión de la, aparentemente, incesante lucha por la dignidad humana y la resistencia cultural que se manifiesta a través de la lengua. La novela evidencia cómo el lenguaje no es sólo un medio de comunicación, también es un campo de batalla donde se libran las luchas por el poder y la identidad. Al dar voz a una experiencia histórica regional desde la perspectiva de sus protagonistas indígenas, Mikel Ruiz contribuye a enriquecer nuestra comprensión de la Revolución Mexicana y de las difíciles y frecuentemente silenciadas historias que la conforman, dejando una impronta duradera en la conciencia del lector.


[1] Castellanos, Rosario, “La novela mexicana y su valor testimonial”, en Juicios sumarios, 1966, p. 126.


Lista de referencias

Castellanos, Rosario, “La novela mexicana y su valor testimonial”, en Juicios sumarios, 1ª edición, Universidad Veracruzana, México, 1966, p. 114-130.

Ruiz, Mikel, Los disfraces de la muerte, 1a edición, Fondo de Cultura Económica, 2024.

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