Niveles de discurso y de poder: aplicaciones en La Rumba y La Chaquira

Por: Edder Tapia

Dentro del campo académico literario, las relaciones de poder entre instituciones, sujetos o cualquier otro actor social han sido un tema de amplio interés crítico. Desde los estudios del discurso, el crítico neerlandés Teun A. van Dijk[1] se ha enfocado en dos aristas: por un lado, los “modos en el que el texto y la conversación ejercen, expresan, describen, ocultan o legitiman el poder en el contexto social”; y por el otro, “el poder que ejercen sobre la sociedad ciertas clases, grupos o instituciones […] y el ejercicio del poder en la interacción y el discurso”.[2] Dentro del análisis de estos mecanismos, van Dijk aborda los niveles de discurso y de poder: entendidos como aquellos que pueden “promulgar, manifestar, expresar, describir, señalar, ocultar o legitimar las relaciones de poder entre los participantes del discurso o los grupos a los que pertenecen”.[3] A partir de su revisión, exploro la tipología discursiva y algunas posibles aplicaciones dentro de los textos literarios.

Como parte de la clasificación, van Dijk marca cuatro grados para efectivar la autoridad: pragmático, interactivo, selectivo y normativo.[4] Cada uno de estos horizontes podría analizarse en el aspecto extratextual ―es decir, la manera en que el campo literario posibilita o inhibe las relaciones de poder en los actores del proceso de generación, distribución y recepción del hecho literario― y en el aspecto intratextual ―el objeto artístico con sus características técnicas, los rasgos fraseológicos, estructurales, etc.

De tal forma, el primer nivel, aquel que involucra el control o la limitación en el acceso de los actos de habla (órdenes, acusaciones formales, procesamientos, absoluciones y otros actos locutivos institucionales), se manifiesta en los textos literarios, mayormente en las escenas de juicios o sentencias. Acudo al siguiente ejemplo tomado de la novela costumbrista La Rumba:

Juez. —Va usted a contarnos (alzando el labio superior y haciendo el bizco para verse un dorado pelo del bigote), va usted a decirnos cómo pasó el hecho, confesando la verdad (aire severo) y sólo la verdad, esto (amenazante) lo tiene en cuenta el jurado a la hora de la sentencia.

El público se preparó a oír, acomódose con la mejor postura en sus asientos, y después de atroz alharaca producida por toses, estruendos y carraspeos, reinó el silencio y habló la Rumba.[5]

Fuente: La Novela Corta

Aprecio en el fragmento la capacidad silenciadora que posee el discurso en el juicio a la protagonista. La autoridad, el Juez, indica la forma en la que ella debe rendir declaración y, posteriormente, el público es introducido en la dinámica de poder al retornar el mutismo a la sala.

Ahora bien, el nivel que he denominado interactivo aborda el control o dominio de los turnos para comunicar. Retomando la secuencia de La Rumba, una vez iniciado el litigio, el juez domina y designa los tiempos y tipos de discursos que pueden emitir los involucrados en el proceso:

Juez. —¿Las partes desean hacer alguna pregunta?

—Sí, señor (habla el ministerio público)

[…]  

Juez. —Diga usted.

Reo. —Sí señor, ahí estaba […]

Juez. —¿La defensa desea hacer alguna pregunta?

Defensor. —Que diga la acusada […]

Juez. —Diga usted.

Reo. —¿Si conocía a quién?

Defensor. —Al difunto, al muerto, al cadáver, a la víctima.

Reo. —No sé, pero creo que sólo de vista.

Juez. —Siéntese usted (dirigiéndose al comisario). Que introduzcan a Peláez.[6]

Ahora bien, el tercer nivel planteado por van Dijk es la selección del tipo de discurso a cargo del hablante más poderoso. Dicho de otra forma, la elección del formato de expresión verbal está subordinada ―en gran parte de los casos― al interés particular del sujeto dominante, esta elección propicia el encausamiento del discurso y limita las posibilidades temáticas y argumentativas de los sujetos bajo el yugo del ente dominante.

Fuente: La Prensa

Tomando como ejemplo el diálogo anterior, en el relato de Remedios, la rea acusada, no se le permite aportar detalles que no sean los esperados por la Defensa o los presupuestos por el Juez, incluso se pone en duda su declaración sobre el conocimiento de la víctima, la cual titubea al identificar “sólo de vista” al difunto. En este tipo de reflexiones sobre el nivel selectivo es importante tomar en cuenta el rol social de las personas involucradas. Al tratarse de la sociedad mexicana del siglo XIX, la posición y posibilidades de expresión de las mujeres ―sometidas al deber ser de la organización social conservadora― estaban reducidas ante un hombre con un cargo institucional representativo del Estado.

Por último, el cuarto horizonte de la clasificación (normativo) señala que factores como las modalidades, las temáticas o los ordenamientos (“las reglas”) dentro del discurso suelen estar controlados o evaluados por el hablante con control de la situación. Así, la modificación a cualquiera de estos detalles está sometida al criterio del sujeto dominante; en otros casos, el ente dominante funciona como vehículo de un sistema preconfigurado en el que únicamente funge como sujeto operador de las reglas, al igual que el protocolo establecido para los juicios ―de la misma forma que en el ejemplo de La Rumba―: el Juez y las respectivas defensas conocen de antemano la secuencia de participación y el estilo esperado para sus intervenciones. Presento un ejemplo de otra novela costumbrista, La Chaquira:

Catorce horas duraron los debates, hasta que el señor Presidente hizo de una manera clara, pero breve y concisa, el resumen de la causa, entregándola, con las formalidades de estilo, al jurado de más edad que debía fungir como presidente para la deliberación. […] Una hora que pareció un siglo á nuestros protagonistas, transcurrió para que los señores jurados entregaran su veredicto. El Presidente de los debates lo leyó al público, tan anhelante de conocerlo.[7]

No sólo el contenido de los diferentes discursos está predeterminado por la situación comunicativa, también el orden y los procedimientos. La figura del Presidente es la dominante en esta secuencia, pero no por la disposición del criterio propio, sino por el uso tipificado para la situación específica.

Antigua cárcel de Belém. Fuente: Mediateca INAH

A manera de conclusión, me ha sido posible expresar y ejemplificar brevemente la clasificación de van Dijk para los niveles de discurso y poder. Esta muestra se centra en textos en los que se involucran procesos judiciales, quizá una de las manifestaciones más claras de los diferentes roles de poder. Sin embargo, cualquier tipo de expresión verbal o interacción entre diferentes individuos posee implícita las características discursivas del poder. La implementación de las diversas fases del discurso regido por las relaciones de autoridad en ejemplos literarios 一al menos en los del siglo XIX一 me permite vislumbrar la manera en que dichas dinámicas entre grupos dominantes y dominados, típicas de la cotidianidad social, se transfieren a la obra literaria.


[1] van Dijk, Teun A., Discurso y poder. Contribuciones a los estudios críticos del discurso, 2009, p. 59.

[2] Ídem.

[3] Ibidem, p. 74.

[4] La nomenclatura es nuestra a partir de los señalamientos de van Dijk.

[5] De Campo, Ángel, La Rumba, 2018, pp. 191-192.

[6] Ibidem, pp. 194-195.

[7] García Ramírez, Francisco, La Chaquira (Belén por dentro). Novela de costumbres, 1894-1895, pp. 259-260.


Lista de referencias

  1. De Campo, Ángel, La Rumba, 1a edición, Instituto de Investigaciones Filológicas-UNAM, México, 2018.
  2. García Ramírez, Francisco, La Chaquira (Belén por dentro). Novela de costumbres,  1a edición, Imprenta Reina Regente, México, 1894-1895.
  3. van Dijk, Teun A., Discurso y poder. 1a edición,Gedisa, España, 2009.

Deja un comentario